Antonio Osvaldo Catena, "el cura músico", fue convocado para colaborar en el Concilio Vaticano II como experto en Liturgia; allí se debatieron numerosas reformas a los ritos, pero especialmente dos, orientadas a revincularse con los fieles: la misa de frente a los feligreses, y en lengua vernácula. Es que antes la misa se celebraba en latín (por eso era importante disponer de un misal) y mirando al altar, frente a Dios pero de espaldas a la gente (la única excepción era el sermón, que se daba en vernácula y desde un púlpito especial). Con estos cambios, la Iglesia Católica respondió a uno de los desafíos que había planteado la Reforma Protestante: la de hablarle al pueblo mirándolo a los ojos, uno de los desvelos de Catena y sus compañeros sacerdotes del Tercer Mundo.



































