Una niña viaja en el asiento trasero del auto familiar. Van por bulevar Gálvez rumbo a la costa. Su madre le alcanza un caramelo. Lo pela, se lo mete en la boca y le devuelve el papelito. Lo disfruta mirando a través de la ventanilla los árboles del bulevar. Va a ser un domingo en la naturaleza. La madre se pegotea los dedos con el papelito y se molesta. También pegotea el mate que va cebando. La niña sigue atenta la escena. El papelito pasa a manos de su padre. No sabe qué hacer. Baja la ventanilla. Lo tira. Es bulevar Gálvez y Avellaneda. El papelito vuela por el aire. Termina junto al cordón de la vereda. Se junta con otros papelitos. También hay botellas, vasos plásticos, colillas y atados de cigarrillos vacíos, entre otros residuos. Comienza a llover sobre Santa Fe. El viento remolina la bola de basura acumulada. La lluvia la arrastra hacia la alcantarilla. El papelito se pierde por la boca de tormenta. El caramelo ya no existe. Junto al papelito viajan las botellas, vasos, colillas, envoltorios de plástico. Todo desaparece de la vista. Pero no desaparece. Navega por los desagües pluviales de la ciudad. Avanza y termina en su desembocadura. Termina en la laguna Setúbal. Nace la contaminación ambiental.


































