Es una noche de septiembre de 2019 y Juan Carlos está frente al televisor de su casa del barrio Santa Lucía en la capital de San Juan. Se engancha a mirar El conjuro y recuerda que a su sobrino Mateo le dan miedo las películas de terror. Agarra el celular, le saca una foto a la pantalla y se la manda al teléfono de Mauricio, uno de sus dos hijos, quien está con Mateo en un departamento que alquila a veinte cuadras de distancia. La imagen que eligió para enviarle tiene a una mujer de aspecto aterrador sentada en una silla, envuelta en una manta blanca, cubierta de sangre: la escena, a tono con el aura del film, es espeluznante. Y Mateo, que esa noche tiene siete años, elige no abrir la foto.



































