José Curiotto
jcuriotto@ellitoral.com
“No sabés lo feliz que vas a ser”, le dijeron al oído al Dr. Abel Albino una tarde de junio de 1992.
Hay historias de vida que parecen irreales, hasta que las evidencias se tornan tan contundentes que no dejan margen para la duda. Hay búsquedas que parecen infructuosas, hasta que una serie de circunstancias se concatenan y comienzan a surgir las respuestas. Y sueños que parecen inalcanzables, hasta que el camino recorrido devela que sí eran posibles.
Desde hace 18 años, Albino preside en la Argentina la Fundación Conin, una ONG dedicada a prevenir casos de desnutrición infantil y a rescatar a niños víctimas del hambre. En el país funcionan 35 sedes, a las que se suman otras en Paraguay, Perú y Gambia. En octubre de este año, comenzará a funcionar oficialmente la sede número 36, y será en la ciudad de Santa Fe (ver aparte).
En 1991, Albino se encontraba en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, España, especializándose en Biología Molecular. “Estaba en un lugar maravilloso; pero no me sentía bien, no me sentía completo”, recuerda dos décadas después.
Fue entonces cuando una serie de hechos comenzaron a sacudirlo. A partir de entonces, ya nada sería como antes.
—¿Cómo y por qué surgió todo esto?
—Yo trabaja en Medicina Molecular en la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra. No tenía ningún problema. Estaba en un centro de investigación maravilloso, pero todo el día sufría por mi país. Miraba hacia atrás.
Un día noté que algo me llamaba la atención en la Gran Vía de Madrid. Era la gran cantidad de gente con zapatos nuevos. Cuando caminaban, se veía que las suelas eran nuevas. Me senté en un banco de una plaza. Me pregunté que había pasado en mi país como para que estuviera tan mal.
Pocos días después vi un diario tirado en una acequia. Por algún motivo me acerqué a levantarlo. Había una entrevista a la Madre Teresa de Calcuta donde le preguntaban qué era la paz. Como yo no estaba en paz, me pareció interesante leer qué decía esta mujer maravillosa: “El fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz”.
Cerré el diario y dije, tengo que servir. Y por primera vez me sentí contento en Europa. Descubrí que estaba haciendo una especialidad del futuro, pero que
era hijo de un país que no tenía solucionado su pasado. Yo era médico de niños y había muchos esperando.
—¿Y qué hizo entonces?
—Le conté lo sucedido al Dr. Ignacio Villa Elizaga, mi jefe y profesor. Entonces me volví a Mendoza para servir. Pero no sabía a quién, ni cómo. Hasta que pronto regresé a Europa. Fui al Vaticano y lo escuché a Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992 en una homilía. El dijo “ocúpense de los más pobres y más necesitados”. Eso me tocó. Si soy pediatra, pensé en chicos con problemas neurológicos. Y decidí dedicarme a trabajar con chicos con debilidad mental.
Volví a Mendoza y organicé un curso sobre el tema. Invité a mi profesor español y él me recomendó que invitara al profesor chileno Fernando Mönckeberg, que había sido mi profesor durante mi residencia en aquel país. Vino y dijo que la única debilidad mental que se puede prevenir y revertir, es la de los chicos desnutridos. Mönckeberg había logrado reducir la mortalidad infantil en Chile, gracias a un método propio.
—¿Allí se decidió?
—Así es. Allá (en Chile) funcionan centros de recuperación para niños desnutridos de tercer grado. Son chicos inmunodeprimidos. Si los llevan a un hospital general se mueren. Él llegó a la conclusión de que se necesitaban ámbitos no tan costosos como los hospitales, ni tan pobres como las casas de los chicos. Organizó pequeños centros para desnutridos.
Pocos días después fui a Chile. Le pregunté si me podía enseñar lo que él sabía y si estaba dispuesto a venir a mi país para iniciar una fundación que trabaje con chicos desnutridos.
Entonces, Mönkeberg me abrazó y al oído me dijo: “No sabés lo feliz que vas a ser”. Volvimos a Mendoza y levantamos el primer hospital para desnutridos de la Argentina.
Pero mientras estaba allí, un cura uruguayo, el padre Eduardo Algorta, me empezó a llamar. Yo le decía que estaba trabajando en el hospital. Me insistía para que fuera a la villa. Entonces fui. Nos metimos en la pobreza. Me senté en las camitas miserables. Vi prostitución, drogadicción, alcoholismo, incesto, violaciones; todo lo que hay que ver para darte cuenta hasta dónde puede llegar la corrupción humana.
Vi niños durmiendo en un pozo en la tierra, tapados por perros. En Mendoza, la cuarta ciudad del país. Por eso hay tantos perros en la pobreza, porque se cubren con ellos. Eso me tocó mucho.
—Entonces nació un método propio para compartir la desnutrición.
—Sí. Vimos analfabetismo, porque el 69% de las madres eran analfabetas... y les enseñamos. Nos dimos cuenta de que la desnutrición es el resultado final del subdesarrollo. De nada sirve que alimentemos a un desnutrido si lo devolvemos al ambiente hostil del que proviene. A los 15 días estamos alimentándolo de nuevo.
Si queremos quebrar la desnutrición debemos hacer un abordaje integral de la problemática social que le da origen al problema: educación nutricional, educación para la salud, lactancia materna, jardín maternal, jardín infantil, estimulación temprana, escuela de artes y oficios, lectoescritura, ropero familiar, club de padres, educación para padres, documentación para todos, charlas sobre alcoholismo, vacunaciones.
—¿Qué hacía mientras tanto su familia?
—Yo estuve 22 años casado con un ángel. Mi esposa falleció hace 11 años. Tenía una calidad humana, una sensibilidad, inteligencia y cultura poco comunes. Como era una persona poco común, estaba encantada con todo esto. Me decía: “Seguí adelante Abel. No te quebrés. Siempre hemos estado muy orgullosas de papá”.
Esa fue la última conversación que tuvimos con ella.
—¿Madre Teresa se enteró alguna vez de lo que había provocado?
—Sí. Yo le escribí una vez y le dije: “Por culpa suya estamos metidos en un problema”. Ella me envió una estampa escrita con su puño y letra diciendo: “Querido doctor Abel, ama la oración porque el que reza tiene el corazón limpio y el corazón limpio puede ver a Dios. Que Dios lo bendiga, Madre Teresa”.
—¿Eso fue todo?
—Eso fue todo.
—Y finalmente, ¿encontró la paz que buscaba?
—La encontré. Y es maravilloso. Es un misterio la razón por la que terminé trabajando con desnutridos. Yo sólo he sido dócil.
(Encontrá el video del bloque II de la entrevista en josecuriotto.com.ar)



































