El centro de la Tierra está a unos 6.400 kilómetros de la superficie y es imposible acceder a él de manera directa. Por eso, para conocer qué ocurre allí, los científicos recurren principalmente a las ondas sísmicas producidas por los terremotos.
Nuevos estudios sísmicos aportan evidencia de que el núcleo interno de la Tierra no tiene un comportamiento rígido. Además de modificar su velocidad de rotación respecto del resto del planeta, algunas de sus regiones pueden deformarse.

El centro de la Tierra está a unos 6.400 kilómetros de la superficie y es imposible acceder a él de manera directa. Por eso, para conocer qué ocurre allí, los científicos recurren principalmente a las ondas sísmicas producidas por los terremotos.
Cuando esas ondas atraviesan el planeta, cambian su velocidad y su trayectoria según los materiales que encuentran en el camino. Al comparar registros obtenidos en distintos momentos, los investigadores pueden reconstruir algunos de los movimientos que ocurren en las profundidades.
En los últimos años, esa estrategia permitió avanzar sobre dos preguntas que permanecían abiertas: cómo cambia la rotación del núcleo interno respecto del resto de la Tierra y hasta qué punto ese núcleo puede modificar su propia forma.
Una investigación publicada en Nature Geoscience en 2025 encontró evidencias de que ambos fenómenos pueden estar ocurriendo al mismo tiempo. El trabajo analizó ondas sísmicas generadas por terremotos repetidos y detectó cambios que no podían explicarse solamente por el desplazamiento del núcleo interno.
La Tierra tiene un núcleo formado por dos grandes regiones. La parte exterior es líquida y está compuesta principalmente por hierro y otros elementos. En el centro se encuentra el núcleo interno, una región sólida sometida a presiones y temperaturas extremas.
Durante décadas, los científicos encontraron indicios de que el núcleo interno no necesariamente gira exactamente al mismo ritmo que el manto y la superficie terrestre. Esa diferencia de movimiento se conoce como rotación diferencial.
El fenómeno es difícil de observar directamente. Los investigadores utilizan terremotos que ocurren en lugares similares y generan ondas sísmicas comparables. Si esas ondas atraviesan el núcleo interno y llegan a estaciones situadas en distintos puntos del planeta, pueden compararse sus señales a lo largo del tiempo.
Una investigación publicada en Nature Geoscience analizó 121 pares de terremotos repetidos ocurridos entre 1991 y 2023 en las islas Sandwich del Sur. Los registros fueron obtenidos por estaciones sísmicas ubicadas en el norte de América del Norte.
Los resultados permitieron seguir el comportamiento del núcleo interno durante períodos en los que este volvía a ocupar posiciones similares respecto del resto del planeta.
Y allí apareció una pista importante: no todos los cambios observados en las ondas sísmicas podían atribuirse a la rotación del núcleo.
El estudio encontró modificaciones en las ondas que atravesaban determinadas zonas del núcleo interno incluso cuando la posición general de esa región respecto de la superficie terrestre era comparable.
Los investigadores concluyeron que parte de las variaciones parecen originarse cerca de la superficie del núcleo interno, en lugar de deberse exclusivamente a un cambio en su posición.
La explicación propuesta es que la zona más externa del núcleo interno puede experimentar deformaciones viscosas, es decir, cambios de forma que ocurren lentamente bajo las enormes presiones y temperaturas existentes en el centro del planeta.
Esto modifica una imagen demasiado sencilla del núcleo interno como una esfera sólida que simplemente gira.
Según los autores, las observaciones son compatibles con una combinación de dos procesos: cambios en la rotación del núcleo interno y modificaciones locales cerca de su límite exterior.
El hallazgo es relevante porque durante años existió un debate sobre cómo interpretar las variaciones temporales observadas en las ondas sísmicas que atraviesan el núcleo. Una posibilidad era que fueran consecuencia de cambios en la rotación. Otra apuntaba a modificaciones locales en la estructura del propio núcleo.
La nueva evidencia indica que las dos explicaciones podrían ser necesarias.
Los investigadores plantean que las deformaciones cerca del límite del núcleo interno podrían estar relacionadas con la interacción entre diferentes partes del interior terrestre.
Una de las posibilidades señaladas es la influencia de la convección en el núcleo externo. Esta región está compuesta por material metálico líquido que se encuentra en movimiento y que desempeña un papel fundamental en la generación del campo magnético terrestre.
Otra posibilidad está relacionada con las fuerzas ejercidas sobre el núcleo interno por las estructuras y movimientos existentes en las capas que lo rodean.
En otras palabras, el centro sólido de la Tierra no estaría aislado del resto del planeta. Aunque se encuentra separado del manto por el núcleo externo líquido, existe un intercambio de fuerzas capaz de modificar lentamente su comportamiento.
Los científicos consideran que las irregularidades del límite entre el núcleo interno y el externo también pueden desempeñar un papel.
El descubrimiento sobre la rotación y la deformación se suma a otra línea de investigaciones que intenta explicar por qué las ondas sísmicas no atraviesan el núcleo interno exactamente de la misma manera en todas las direcciones.
Durante décadas, los estudios sismológicos mostraron que las ondas pueden desplazarse más rápido en determinadas direcciones, especialmente siguiendo el eje de rotación terrestre. Este comportamiento se conoce como anisotropía sísmica.
Una investigación publicada en Nature Geoscience en marzo de 2026 propuso una explicación física para esa característica.
Los autores estudiaron el comportamiento térmico de los cristales de hierro que forman el núcleo interno. Su modelo indica que el hierro conduce el calor de manera diferente según la dirección cristalográfica. Esa diferencia puede generar variaciones de temperatura dentro del núcleo, impulsar movimientos internos y contribuir a la orientación de sus propiedades elásticas.
El modelo resulta especialmente interesante porque ofrece una explicación para la anisotropía observada sin necesidad de recurrir necesariamente a factores externos adicionales.
No significa que el misterio esté completamente resuelto. Se trata de un modelo que busca reproducir las observaciones sísmicas mediante procesos físicos que podrían ocurrir bajo las condiciones extremas del núcleo.
Estudiar el centro de la Tierra implica trabajar con información indirecta. Nadie puede perforar hasta el núcleo: la mayor parte del conocimiento disponible proviene de terremotos, mediciones geofísicas, experimentos de laboratorio a presiones y temperaturas extremas y modelos computacionales.
Por eso, cada nuevo terremoto registrado puede aportar información valiosa.
Las ondas que atraviesan el núcleo interno funcionan, en cierto modo, como una herramienta de exploración. Al comparar señales producidas por terremotos similares separados por años, los científicos pueden detectar modificaciones extremadamente pequeñas en el recorrido de esas ondas.
La investigación de 2025 aprovechó precisamente esa posibilidad para distinguir entre cambios relacionados con la rotación y modificaciones locales en el propio núcleo.
Estos resultados también ayudan a comprender mejor la evolución del planeta. El núcleo interno se encuentra en crecimiento porque el núcleo externo líquido se enfría lentamente y parte del hierro se solidifica en el centro. Ese proceso modifica las condiciones térmicas y dinámicas del interior terrestre.
A su vez, el movimiento del metal líquido del núcleo externo está relacionado con el funcionamiento del dínamo terrestre, el mecanismo que genera el campo magnético del planeta.
Por eso, conocer cómo se mueve y se deforma el núcleo interno no es solamente una cuestión relacionada con la estructura interna de la Tierra. También puede ayudar a comprender cómo evolucionó el campo magnético terrestre a lo largo de millones y miles de millones de años.
Los nuevos estudios no muestran que los científicos hayan descubierto exactamente qué ocurre en cada punto del centro de la Tierra. Lo que hacen es reducir el número de explicaciones posibles y aportar evidencia para determinados modelos.
Lo que aparece cada vez con mayor claridad es que el núcleo interno no debe pensarse como una esfera completamente rígida e invariable.
Los datos disponibles indican que su velocidad de rotación puede cambiar respecto del resto del planeta y que algunas de sus regiones pueden experimentar modificaciones de forma.
Además, los modelos recientes sobre la anisotropía del hierro aportan una posible explicación para otra de las características observadas mediante sismología.
El panorama que surge es el de un núcleo mucho más dinámico de lo que podría imaginarse: un centro sólido sometido a fuerzas, intercambios de calor y procesos internos que ocurren a escalas de tiempo muy diferentes.
Y justamente ahí está uno de los grandes desafíos de la geofísica: entender un lugar al que nunca se podrá llegar directamente a partir de las huellas que deja en la superficie.
Cada terremoto aporta una nueva oportunidad para escuchar esas señales. Y, poco a poco, las ondas sísmicas están permitiendo reconstruir una imagen cada vez más precisa de lo que sucede en el corazón del planeta.





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