En el caso citado, queda claro que la sorprendente resistencia ucraniana ya perdió la libertad de acción que pudo ostentar en un principio. Esto porque ante una maniobra convergente (donde, por condiciones geográficas, un adversario puede actuar ofensivamente sobre otro desde varias posiciones hacia el centro o un punto específico) como la de Rusia atacando – por ahora – desde norte, este y sur hacia una región determinada (Donbas, más allá de los ataques secundarios nombrados) corresponde oponer una maniobra por líneas interiores. Ésta es la respuesta “de manual” a la primera, que de por sí tiene ventaja. Se busca, así, juntar una masa crítica de fuerzas móviles – significa una máxima concentración sobre un punto finito del conjunto (eje convergente) - y con el apoyo suficiente requerido, normalmente de Unidades blindadas y mecanizadas, buscando cumplir también una “economía de fuerzas” en todos los demás puntos para retrasar al enemigo. Esta teoría defensiva, buscada en la práctica de esta guerra, es la de soportar y disminuir al enemigo punto por punto. No debe pensarse que la defensa estará excluyentemente centrada en contrarrestar la amenaza más fuerte de la maniobra convergente, sino en aquella que le permita recuperar más rápido o la mayoría de su fuerza móvil y así buscar seguir aumentándola buscando disminuir, luego, otro eje convergente enemigo. Ucrania, puntualmente, no lo hizo de esta manera y decidió defenderse (mezclando fuerzas regulares y voluntarios) en absolutamente todos los nudos de fuego. Lo que al principio fue un éxito, sumándose a acertados ataques a la logística rusa por grupos emboscados y falencias de conducción y comunicaciones, hoy empieza a transpirar un desgaste cuyo límite se desconoce, pero que está mucho más cerca. Aquí se justifican los ataques rusos a otros puntos geográficos o el cerco a Kiev: distraer fuerzas que la defienden y restar capacidad de defensa en los sectores que realmente interesan conquistar.