En casi todos los equipos existe ese momento del día, la charla en la cocina, el grupo de WhatsApp, los cinco minutos antes de que arranque una reunión, donde circula la misma conversación: lo que no funciona, lo que la empresa no entiende, lo que "siempre pasa lo mismo". No hace falta prohibirlo. Quejarse ocasionalmente cumple una función real: libera tensión, busca validación, conecta a quien lo dice con otros que sienten algo parecido.

































