La ciudad se iba haciendo cada vez más chica. Los primeros rayos de luz alcanzaban a los edificios pero el espesor del aire debilitaba la vista. Acabábamos de empezar el viaje: media hora, más de 7 kilómetros de recorrido y casi 1.300 metros de ascenso. El teleférico, que ostentaba la fama de ser uno de los más largos del mundo, partía desde el neurálgico corazón de la ciudad de Zhangjiajie y llegaba a la mismísima “puerta del cielo”. Sí, así se llamaba la formación rocosa que se imponía en la cima de la montaña y por la cual esta recibe su nombre: Tianmen.






























