"A los que ven amenazas
Con el declive de la escuela secundaria en Argentina, emergen conflictos juveniles que revelan la falta de audacia política para regular la juventud actual.

"A los que ven amenazas
En un mundo sin porqué
A los que cargan con el daño
Inundado en su sangre"
(El Nota)
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Este texto lleva como título la relación de dos palabras que con facilidad emparentamos en nuestras conversaciones de la vida cotidiana: juventud y violencia. Para empezar, es necesario que las separemos para luego tratar de entender la relación.
1. Juventud es una palabra que expresa cómo una sociedad define el proceso de identificación vinculado a una etapa de la vida que se ubica en eventos transicionales. ¿Qué significa? Que se trata de un proceso complejo en el que el individuo abandona su condición de infante para convertirse en adulto.
Esa transición está regulada no solo por la familia, sino también por un conjunto de instancias institucionales vinculadas a la educación, el deporte y la cultura entre otros. Entonces: juventud es la palabra que utilizamos desde la estatalidad y desde la sociedad para regular el paso hacia la vida adulta.
Es decir: es "tan solo" un paso de una etapa a otra. No tenemos porqué saberlo: pero al pensarlo de este modo estamos invisibilizando y negando los vaivenes identificatorios de la persona en tanto joven.
2. Violencia es el término que utilizamos para impugnar y acusar moralmente a un conjunto de prácticas, lenguajes y símbolos. Por lo tanto, la palabra "violencia" en sí misma no posee ningún elemento que permita explicarla, sino que funciona mucho más como una condena moral que de un intento de comprenderla y explicarla.
Esas prácticas, lenguajes y símbolos que definimos socialmente como violentos, están plenamente regulados en distintos contextos y situaciones. Dicho esto: para analizar la(s) violencia(s), al igual que la(s) juventud(es), es necesario pensarlas en su carácter múltiple, plural y volátil de acuerdo a cada configuración histórica.
Las instituciones educativas, la familia y los ámbitos deportivos o culturales (artísticos, estéticos) son las instancias institucionales y contextuales históricamente encargadas de regular, organizar y definir los ciclos vitales de las juventudes.
Siendo que la juventud es, también, ese momento donde constantemente la persona se pregunta quién soy, estas instituciones moldean los contornos a través de los cuales el sujeto actúa y piensa lo que hace.
De un tiempo a esta parte la escuela secundaria en Argentina -cuyo origen sarmientino se centró en la transformación social mediante la unificación de la población y la consolidación de la Nación- ha perdido gerencia en el monopolio legítimo de la gestión juvenil para quedar relegada al lugar donde emergen ciertos conflictos sociales.
Estos escenarios están ligados tanto a la formas de sociabilidad de los jóvenes y las jóvenes -en el que las violencias fluctúan intermitentemente con otras prácticas, culturas y lenguajes no violentos- como al declive de los programas educativos.
Lo ocurrido en San Cristóbal evidencia, en parte, que la investidura institucional del modelo educativo no está a la altura del desafío actual de regular y organizar las formas de ser joven. Y es porque el colegio tampoco cuenta con la audacia política necesaria para activar los encuadres ministeriales y/o multiagenciales que logren prevenir a tiempo estos episodios.
Al no poder anticipar las causas, en su lugar sencillamente actuamos frente a las consecuencias (pensando únicamente en reformas penales).
Por otro lado, debemos leer el declive de los programas educativos al lado de otras desvalorizaciones institucionales históricamente encargadas de fortalecer las vinculaciones afectivas de las juventudes: las familias, los grupos de amigos y amigas, las actividades deportivas en clubes, talleres artísticos y/o asociaciones civiles, etc.
De algún modo esto se relaciona con la emergencia de nuevos espacios de socialización (vinculados a la digitalización de la vida cotidiana).
Esos espacios se han vuelto ejes ordenadores de la experiencia vital juvenil -así como de la infancia y la adultez- y del que aún tenemos poca noción. Un joven o una joven promedio participa, dialoga e interacciona en interregnos de identificación de realidad virtual, que no son a priori tan sencillos de regular.
Como sugería la hipótesis de la serie británica "Adolescencia", el hecho de que un joven esté físicamente dentro de su casa -a una habitación de distancia de la autoridad maternal/paternal- no significa que no está interactuando y formando parte de grupalidades que prescinden de la presencialidad.
Formas de sociabilidad y vinculaciones afectivas que son constitutivas de su identidad y de sus valoraciones morales al respecto de las violencias, los amigos y las amigas, la escuela, etc.
Por último, para evitar caer a toda costa en el cómodo lugar de señalar a las juventudes como el origen de todos los males -actitud propia del adultocentrismo clásico-, cabe recordar una obviedad: todas esas instancias institucionales, educativas, políticas y culturales son conducidas, pensadas y diagramadas por adultos.
Por lo tanto: somos responsables y una parte activa de lo que les sucede a las juventudes, con distintos niveles y escalas de involucramiento. De modo que estamos frente al desafío de asumir esa responsabilidad y trabajar desde distintos roles profesionales, culturales, políticos y educativos activando estrategias que logren prevenir estos escenarios.




