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Baldosas… juegos entre líneas

Baldosas… juegos entre líneasBaldosas… juegos entre líneas

Sábado 7.3.2026
 7:02hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

A veces pienso que la vida empieza de la manera más sencilla: saltando baldosas. Un niño - o un adulto que aún conserva algo de niño - avanza por una vereda cualquiera, como si esa superficie cuadriculada que todos pisamos sin mirar fuera, en realidad, un mapa secreto. No voy a detenerme demasiado en la rayuela, aunque es imposible nombrar baldosas sin que Cortázar aparezca, con su libro que es también un tablero. En Rayuela, uno avanza saltando capítulos, equivocando casilleros, buscando un cielo que nunca está donde uno cree. Y algo de esa lógica - esa manera de desplazarse entre líneas invisibles - sigue latiendo en cada vereda que atravieso.

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Pero hoy quiero detenerme en aquella otra escena, menos literaria y más íntima: la de quienes jugábamos a no pisar las líneas que unen las baldosas. Ese pacto secreto que ninguno declaraba, pero todos entendíamos. Era un juego mínimo: caminar sin tocar el límite. Y, sin embargo, escondía una intensidad extraña, una tensión que, de algún modo, anticipaba lo que sería la vida adulta. Porque la vida - descubrí después - también consiste en intentar avanzar sin pisar ciertas líneas: líneas morales, líneas emocionales, líneas que parecen frágiles como hilos de tiza, pero resuenan como fronteras interiores.

Hay quienes lo llevan más lejos. Existen personas que sienten verdadera fobia por esas líneas. No es exageración: para ellas, la unión entre dos baldosas es un precipicio simbólico. No por su profundidad física, sino por lo que representa. La psicología puede darle nombres técnicos a ese temor, pero yo prefiero verlo como la manifestación radical de algo que todos conocemos: existe en cada uno la sospecha de que un límite puede quebrarnos.

Juego secreto

De niño, sin saber nada de fobias, yo también participaba de ese juego secreto. Y como si no bastara con evitar las líneas, solíamos agregar más dificultades. La sombra de los cables que cruzaban la calle, por ejemplo: esa línea oscura inclinada que aparecía en plena vereda como un mensaje cifrado. Y si queríamos llevar la cosa al extremo, sumábamos las sombras de los árboles, esas manchas móviles que el viento descomponía como un caleidoscopio en fuga. Avanzar sin tocar nada era una proeza. Un pequeño ballet de esquives y saltos, una coreografía que inventábamos sin maestros.

Descubrí con los años algo que todavía me desarma por su simpleza: las sombras no pesan. No hieren. No tienen cuerpo. Y sin embargo modificaban la forma en que caminábamos. ¿Cómo puede ser que algo sin materia determine un paso? La respuesta está en la mente. Es ella la que da espesor a lo ingrávido, peligro a lo indefenso, amenaza a lo que solo es un dibujo momentáneo de la luz.

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Por eso creo que los obstáculos de la vida vienen desde antes. No aparecen. Llegan. Viajaron hacia nosotros desde la infancia, desde los temores que absorbimos sin darnos cuenta, desde la forma en que aprendimos a leer el mundo. Una línea no es una línea: es una memoria. Una sombra no es una sombra: es una sospecha antigua. Y caminar es, en el fondo, una negociación constante entre lo que vemos y lo que imaginamos.

A veces siento que los límites no los impone el piso, sino la historia que llevamos sobre los hombros. Y para entenderlo mejor, decidí un día - mentalmente - poner una lupa sobre la vereda. Una lupa invisible, pero total. Una lupa que amplifica no solo las formas, sino los sentidos.

Cuando acerco esa lupa imaginaria, la baldosa deja de ser baldosa. Se vuelve un territorio con su propia geografía: poros, imperfecciones, relieves que antes no veía. La línea que la separa de la siguiente se transforma en un borde tectónico. Una frontera delicada entre dos mundos. Y entonces entiendo por qué, de niño, evitaba pisarla: no por miedo físico, sino por la vibración simbólica que tiene todo límite cuando se lo mira demasiado de cerca.

La sombra, bajo la lupa, también cambia. Ya no es una mancha vaga: es una criatura hecha de luz rota. Un animal sin peso que respira según el viento. La sombra de un cable es un puente oscuro que no conduce a ningún lado. La de un árbol es un mosaico vivo que se contrae y se expande como un latido. Ver eso ampliado es comprender que avanzar nunca es un acto simple. Que cada paso es un diálogo secreto entre la luz, el cuerpo y el miedo.

Con esa ampliación microscópica, descubro también las rendijas. Esas fracturas mínimas, casi imperceptibles, que bordean cada baldosa como cicatrices antiguas. Al verlas de cerca, siento que narran una historia: la de las estaciones, la del desgaste del mundo, la de todas las personas que caminaron antes que yo. Una baldosa no es un objeto; es un archivo. Y cada grieta es una voz que dice: "También dudé. También temí. También pasé por aquí."

Polvo acumulado

El polvo acumulado en los bordes es otro universo. Partículas indecisas, sin patria, ubicadas entre una baldosa y la otra. Ese espacio liminal - ni dentro ni fuera - me recuerda todos los momentos de la vida en los que uno tampoco sabe a qué pertenece. Lugares donde la decisión pesa más que la consecuencia. Lugares donde un centímetro define un destino.

Y sin embargo, por más que amplíe todo, hay una verdad que permanece intacta: para avanzar no hay que evitar; hay que atravesar. No existe caminante que no haya pisado alguna vez una sombra que no quería pisar. No existe vida que no toque alguna línea que prometió evitar. No existe crecimiento sin ese pequeño acto de desobediencia contra las reglas que uno mismo inventó.

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Quién sabe eso sea lo que Rayuela enseña en su fondo más filosófico: nadie avanza sin saltar mal alguna vez. Nadie encuentra su cielo sin pasar por casilleros que no estaban en el orden esperado. Nadie llega lejos sin desafiar los límites que lo rodean. Cortázar lo escribió con capítulos; algunos lo hacemos con pasos.

La vida no se construye sobre la perfección del terreno, sino sobre la decisión de avanzar aunque el terreno tiemble. Aunque la sombra se mueva. Aunque la línea parezca más gruesa de lo que es. Aunque el miedo proyecte abismos donde solo hay milímetros.

Lo meticuloso - la lupa, el detalle, la ampliación - no está para frenarnos, sino para revelar. Revela que el obstáculo nunca estuvo afuera. Revela que la sombra es un espejismo. Revela que el límite es un indicio. Y cuando uno descubre eso, vuelve a guardar la lupa y mira la vereda entera, simple, clara, a escala humana. Entonces entiende lo esencial:

La vida está hecha para caminarla. Sin prisa, sin negación, sin superstición. Con respeto por la sombra, pero sin obedecerla. Con humildad ante la línea, pero sin temerla. Con conciencia de los detalles, pero sin quedar atrapado en ellos. Porque siempre, más allá de la línea, del miedo, del reflejo o de la grieta, hay una baldosa más esperando ser pisada. Y avanzar, al final, es simplemente honrar esa invitación.

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