A veces pienso que la vida empieza de la manera más sencilla: saltando baldosas. Un niño - o un adulto que aún conserva algo de niño - avanza por una vereda cualquiera, como si esa superficie cuadriculada que todos pisamos sin mirar fuera, en realidad, un mapa secreto. No voy a detenerme demasiado en la rayuela, aunque es imposible nombrar baldosas sin que Cortázar aparezca, con su libro que es también un tablero. En Rayuela, uno avanza saltando capítulos, equivocando casilleros, buscando un cielo que nunca está donde uno cree. Y algo de esa lógica - esa manera de desplazarse entre líneas invisibles - sigue latiendo en cada vereda que atravieso.


































