Alberto Ángel Fernández era un muchacho que, por entonces, no era abogado pero era porteño. Lo ubico en una caprichosa conexión / relación que es propia y que nadie se sienta partícipe de mis desvaríos, porque toda vez que escucho, estos años, que Serrat pide por su modo de desaparecer y dice: "…y dejad que el temporal desguace sus velas blancas" estoy viendo a Fernández, Presidente, que realiza esa tarea con su cargo. Un barco presidencial que, sin que nadie lo ayude demasiado, se convierte en "empujad al mar mi barca…" solito, solito. Tal vez, romanticismo de mi parte, pero, caramba, qué modo de perder cuatro años este país que es mío en el total porcentaje de mis padres y de mis hijos.