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Amores de estudiantes

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Miércoles 5.2.2025
 23:28
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Nenucha M. ingresó a la facultad hace tres años. Tres años y algunos meses. Cursa los últimos civiles y calcula que en un año y medio, dos a lo sumo, puede llegar a recibirse. Nació y se crio en una ciudad cercana a Santa Fe, pongamos Rafaela, San Francisco o Esperanza, para el caso da lo mismo. Única hija de padre médico y madre profesora de Castellano. Linda, habituada desde la adolescencia a ser cortejada por los hombres. Su fiesta de quince fue sensación en la ciudad. Su primer novio se le declaró esa noche. Era por supuesto el más lindo del curso, un ganador. Su mamá se puso más contenta que ella con el romance que no duró mucho: cinco o seis meses. Después vinieron un par de noviecitos, nada importante pero todos cortados con la misma tijera: lindos, de familias conocidas, con plata. Cuando terminó el secundario, era lo que se dice "una mujer experimentada". Experimentada en bailecitos, coqueteos y otras boludeces por el estilo que, más allá de algunos sofocones, nunca le hicieron perder la condición de virgen.

II

En las vacaciones de julio del quinto año viajaron con los chicos del curso a las sierras de Córdoba, un viaje que nunca olvidará porque en esas circunstancias perdió la virginidad. Lo de siempre en estos casos. Un boliche bailable; un pibe estudiante de Medicina, pintón y con labia. Los besitos furtivos; en algún momento la oferta de ir a tomar una copa a otro lugar; ella que vacila, porque está con todos sus compañeros, pero acepta porque dos amigas vienen con ella. Y después el desenlace entre el alcohol y la excitación. Conclusión, después de tantos sofocones, la virginidad perdida casi como un accidente, un polvo echado en el auto, incómodo, breve y algo forzado. Nunca más vio a su primer hombre. Tampoco le contó a nadie lo sucedido. Cuando terminó el secundario decidió estudiar Derecho en Santa Fe. Nunca supo muy bien las razones por las qué eligió esa carrera, porque, a decir verdad, jamás se imaginó abogada. ¿Por qué entonces? Por la sencilla razón de que quería ir a estudiar a una ciudad grande; porque la sugerencia de la madre de estudiar Letras le parecía una carrera menor. Abogacía, por el contrario, se presentaba como una carrera honorable y distinguida, sus principales amigos y amigas estudiaban allí.

III

En Santa Fe se instaló en una pensión administrada por las monjas. Los primeros meses se dedicó a estudiar y aprobar materias. Y todos los fines de semana regresaba a su ciudad natal. Poco a poco las visitas se fueron espaciando. Si bien en el pensionado de monjas no podía salir de noche, la vida social en la facultad era lo suficientemente atractiva como para sustituir las salidas nocturnas. Pronto se familiarizó con los hábitos estudiantiles: el bar de la facultad, los horarios de almuerzo y cena en el Comedor Universitario. Al año y medio de estar en Santa Fe dejó el pensionado y se fue a vivir con dos amigas a una casa alquilada a tres cuadras de la facultad, Para esa época hubo un romance con un muchacho de San Luis que concluyó en la nada. Después llegaron otros amoríos: un correntino que resultó casado; un pibe de Rosario que en algún momento se entusiasmó con el marxismo y ella lo largó sin remordimientos porque no quería saber nada con comunistas; un profesor muy jovencito que, como le dijera su amiga Pimpi, es muy bueno, pero muy boludo. Y un taxista que conoció una noche en la terminal de ómnibus. Este romance duró un par de meses y concluyó con una pelea a los gritos y ella con un ojo negro. Cuando esa noche llegó a su casa con el ojo en compota, Pimpi le dijo que lo denunciara a la policía, cosa que no se animó a hacer, pero sí decidió largarlo. "O lo largás o no sos más mi amiga", le dijo Pimpi, que siempre insistía en la defensa de los derechos de la mujer.

IV

Pimpi era amiga del principal dirigente estudiantil de la facultad, quien de vez en cuando pasaba por su casa a tomar unos mates y hablar de política. Nenucha se había enamorado de él el primer día de clase, cuando este entró al curso de Introducción al Derecho para darles la bienvenida. "Es parecido a Paul Newman", decía. Y se imaginaba llegando a su ciudad con él y deslumbrando a sus amigas, fantasía que no duró mucho tiempo porque Pimpi fue la primera en advertirle que ese dirigente era el hombre que menos le convenía, sobre todo a ella que, más allá de sus frecuentes encamadas con noviecitos pasajeros, nunca perdía de vista que su objetivo era conseguir un buen marido, objetivo incluso superior a su aspiración a recibirse de abogada.

V

Durante el tercer año en la facultad, y con varias materias aprobadas, comenzó a familiarizarse con cierta jerga universitaria. De la mano de Pimpi se enteró de que existía un señor llamado Sigmund Freud y otro señor llamado Carlos Marx, dos autores cuyos libros nunca pudo leer más allá del primer capítulo, pero a los que siempre consideró que de ellos era conveniente incorporar algunas palabras claves a su vocabulario: edípico, alienación, narcisismo, explotación, ego, superyó, dialéctica y plusvalía. De vez en cuando asistía a las asambleas y compartía las mesas del bar ocupadas por los principales dirigentes de la agrupación. Nunca entendió mucho de lo que hablaban, no porque fuera ignorante, sino porque en realidad la política y las discusiones de ese tipo la aburrían. Fue en una de esas asambleas, mejor dicho en una de esas peñas que se armaban después de las asambleas, cuando conoció al Bayo Barale, un estudiante de Entre Ríos del que se enamoró en el acto. El Bayo efectivamente era un tipo querible. Sus diversiones incluían borracheras y trifulcas que siempre se armaban y siempre lo contaban a él como protagonista central. Nenucha cayó rendida a sus pies. La sedujo su risa, su desparpajo y por qué no decirlo, su pinta y los campos de su padre. Todo fue muy rápido: esa misma noche que se conocieron fueron a dormir juntos y durante un tiempo el placer y la felicidad fueron completos. Después empezaron los primeros problemas. No, no eran sus borracheras -que Nenucha podía soportar-, sino el hecho inevitable, doloroso y concluyente de que el Bayo tenía novia, una novia que no vivía en Santa Fe, sino que lo esperaba en su pueblo, esos noviazgos de pueblo en los que participa toda la familia y esperan al hijo pródigo que regrese de la ciudad con el título bajo el brazo para luego casarse

VI

El Bayo le contó esa relación a Nenucha una mañana mientras tomaban mate en su casa. Nenucha algo sospechaba, pero lo que nunca imaginó fue la fortaleza de ese vínculo. Si no lo entendió de entrada lo aprendió después, con los viajes semanales de él a su pueblo, con las cartas, las fotos, incluso las llamadas por teléfono. Lo peor ocurrió el día que la novia vino a Santa Fe con sus padres y llegaron a la casa de estudiantes justo cuando estaba ella, que debió soportar la humillación de ser presentada como la compañera de estudios del Negro Juncos, el imbécil que vivía con el Bayo y que no hacia otra cosa que dormir hasta las dos de la tarde y escuchar partidos de fútbol por la radio. Nenucha se enojó mucho. Consideró que no podía permitirse ser "la otra" y decidió romper con ese noviazgo. Todo duró una semana. A la siguiente, ella estaba de vuelta en la casa del Bayo, a pesar de las advertencias de Pimpi y Mara que le insistían que esas relaciones no tienen destino porque esa clase de tipos nunca rompen con su pueblo y, mucho menos, con la novia de su pueblo. Todo concluyó de manera previsible. El Bayo se recibió, se pasó una semana de despedidas regadas con vino barato y se volvió a sus pagos de Entre Ríos donde lo esperaban la novia, los suegros y los campos de la familia. Nenucha durante un mes estuvo hecha una lágrima. Y Pimpi y Mara dedicadas a consolarla. "Nenucha es un poquito tilinga, pero es buena amiga y, además, el hijo de puta del Bayo no tenía derecho a hacer lo que le hizo", le explicaba Pimpi a sus amigas. De lo que Nenucha recuerda de aquellas tardes llorosas en el bar, es la voz de Pimpi repitiéndole a cada rato que "ningún hombre, ninguno, merece la mitad de una lágrima nuestra". A Nenucha la sentencia no terminaba de consolarla, hasta que entre penas y suspiros apareció un galancito de Pergamino, cumpliendo con el famoso aforismo: "a un clavo solo lo saca otro clavo".

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