El antisemitismo tiene una corta pero profunda historia. Desde tiempos no demasiado lejanos (fines del siglo XIX) corrompe las sociedades y socava su fundamento democrático, promoviendo la intolerancia, la privación del otro, el negacionismo. Para ello contó (y cuenta) con una sólida base: el antijudaísmo sostenido por las iglesias cristianas (tanto la católica como las protestantes) durante siglos, cosa que se arraigó con firmeza en muchos grupos sociales y políticos. En las sociedades del mundo occidental, la década del 30 del siglo XX fue un punto de inflexión, un antes y un después: el antisemitismo dio un salto de calidad, y de lo que -ya en la era moderna- había sido discriminación de derechos civiles y políticos pasó a ser la violencia organizada desde el Estado o sus cercanías, y su máxima expresión en el genocidio perpetrado por los nazis y sus aliados europeos contra las colectividades judías europeas durante la Segunda Guerra Mundial.

































