La década de 1930 se caracterizó por la sanción de nuevas disposiciones oficiales restrictivas al ingreso de extranjeros. Un decreto de Agustín Pedro Justo (1932) tenía por objeto frenar el ingreso inmigratorio. Establecía "como requisito indispensable que el inmigrante poseyese un contrato o convenio de trabajo". Esto significaba un desafío para los refugiados, particularmente judíos provenientes del centro-este europeo. Huyendo de esas persecuciones antisemitas, muchos ingresaron ilegalmente a nuestro país o desde naciones vecinas, principalmente Paraguay y Uruguay, pero también –aunque menos- de Brasil, Chile y Bolivia. El testimonio de Bela Guralnik muestra la odisea de miles de judíos buscando salvarse de lo que sería el genocidio (*).

































