Mis padres se separaron cuando yo tenía seis años. Las travesuras con los pies descalzos, treparme a las ramas gruesas del mango del patio y colgarme cabeza abajo haciendo morisquetas, y aquella rebeldía infantil en el colegio de monjas, donde la maestra, demasiado pulcra y elegante, me retaba porque estaba despeinada, terminaron. Vivíamos en Posadas y nos mudamos a Santo Tomé, a una casa situada frente a la de mis abuelos maternos. Fue una transición difícil: otra ciudad, otra escuela y una vida nueva sin papá. Porque él ya no estaba a diario para armar un barrilete o llevarme de paseo a Apóstoles o Jardín América, lugares de encuentro con tíos y primos; nos visitaba cada tanto, por una semana o, con suerte, mucha suerte, dos. Crecí soñando que volvíamos a ser una familia y esperando cada cumpleaños el paquete con alma de tierra colorada que contenía un vestido y una caja de bombones.



































