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Carlos Felice: la última liturgia de un pueblo

Más que un deporte, el fútbol argentino constituye uno de los últimos espacios donde una sociedad fragmentada vuelve a encontrarse. En este ensayo, Carlos D. Felice reflexiona sobre el poder de los símbolos, la necesidad humana de pertenecer y el Mundial como una liturgia contemporánea capaz de recordarnos que, aun en tiempos de incertidumbre, seguimos siendo parte de un mismo "nosotros".

Carlos Felice: la última liturgia de un puebloCarlos Felice: la última liturgia de un pueblo

Lunes 13.7.2026
 13:10hs
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Carlos Felice
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Carlos Felice
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Presidente de OSPAT.

Existen pueblos que encuentran su cohesión en las instituciones. Otros la encuentran en la memoria. Argentina, en cambio, parece haber aprendido a reconocerse en un rito.

Quien pretenda explicar la pasión argentina por el fútbol como una simple afición deportiva habrá confundido el fenómeno con su apariencia. El estadio, la pelota y el resultado constituyen apenas la superficie visible de una experiencia mucho más antigua: la necesidad profundamente humana de creer que todavía existe un lugar donde lo común prevalece sobre la fragmentación.

Toda sociedad necesita símbolos capaces de sobrevivir al desgaste del tiempo. Porque antes de ser un orden político, una nación es un relato compartido; una forma de imaginar que millones de desconocidos pertenecen a una misma historia. Cuando esos relatos se erosionan, cuando las instituciones dejan de despertar confianza y la palabra pública pierde espesor moral, no desaparece la necesidad de creer. Simplemente migra hacia otros territorios.

Eso ocurre con el fútbol en Argentina.

No porque una pelota pueda sustituir aquello que la política no consigue ofrecer, sino porque el ser humano no soporta demasiado tiempo la intemperie simbólica. Necesita espacios donde la esperanza vuelva a parecer razonable. Necesita ceremonias capaces de recordarle que todavía existe algo más grande que la suma de los intereses individuales.

Quizás por eso la camiseta celeste y blanca conserva una autoridad que pocas instituciones aún poseen. No porque sea perfecta, sino porque permanece relativamente intacta frente al desgaste de las disputas cotidianas. Allí donde tantos símbolos fueron capturados por las divisiones, la Selección continúa ofreciendo un lenguaje que antecede a las diferencias. Durante un Mundial nadie pregunta demasiado quién es el otro. Basta con saber que está gritando el mismo gol.

Émile Durkheim sostenía que lo sagrado no es una propiedad de los objetos, sino la intensidad emocional que una comunidad deposita sobre ellos. Ninguna bandera, ninguna cruz ni ninguna camiseta poseen un valor intrínseco; adquieren significado cuando millones de personas proyectan allí una parte de sí mismas. En ese sentido, un Mundial funciona como una extraordinaria ceremonia de reencantamiento colectivo. Durante unas semanas, una sociedad dispersa vuelve a experimentar la rara sensación de pertenecer a una totalidad.

Resulta llamativo que esa experiencia ocurra precisamente en una época marcada por el individualismo. Vivimos rodeados de pantallas que personalizan nuestros gustos, nuestras noticias y hasta nuestras emociones. Cada algoritmo confirma nuestra diferencia. Sin embargo, cuando juega Argentina, sucede exactamente lo contrario: millones de personas sienten al mismo tiempo, celebran al mismo tiempo y sufren al mismo tiempo. En un mundo obsesionado con el “yo”, el fútbol rescata, aunque sea fugazmente, la posibilidad del “nosotros”.

También existe una dimensión existencial en la manera argentina de vivir cada Mundial. No celebramos únicamente la victoria; celebramos el camino hacia ella. El sufrimiento parece formar parte del significado mismo del triunfo. Como si la felicidad sin incertidumbre careciera de densidad moral. Tal vez porque la propia historia del país ha enseñado que casi nada valioso llega sin atravesar antes la decepción, la espera o la pérdida.

Por eso la Selección no representa solamente excelencia deportiva. Representa una posibilidad. Cada gambeta frente a un rival más poderoso, cada recuperación después de una derrota, cada partido ganado cuando parecía imposible, reactiva una intuición profundamente humana: que el destino nunca está completamente escrito. Y esa intuición vale mucho más que cualquier copa.

Sería un error interpretar todo esto como una forma de evasión. El rito no existe para negar la realidad, sino para hacerla habitable. Desde las primeras civilizaciones, las ceremonias han servido para reconciliar a las comunidades con la incertidumbre de la existencia. No eliminan el dolor, pero le otorgan un sentido compartido.

Quizás esa sea la verdadera función del fútbol entre los argentinos. No ocultar las fracturas del país, sino impedir que ellas tengan la última palabra.

Cuando el árbitro marca el inicio de un partido mundialista, algo extraordinario sucede. El tiempo cotidiano se suspende y emerge un tiempo distinto, el tiempo del símbolo. Las calles se vacían, las conversaciones se unifican, los abrazos dejan de preguntar por identidades políticas, credos o posiciones sociales. Durante unos instantes, la comunidad vuelve a experimentarse como comunidad.

Y acaso allí resida la razón más profunda de esta pasión. No amamos el fútbol únicamente porque nos haga felices. Lo amamos porque, en un tiempo donde casi todo parece fragmentarse, todavía es capaz de recordarnos que pertenecemos a algo que nos trasciende. Que una nación no vive solamente de leyes, de mercados o de gobiernos. También vive de los símbolos que la reúnen, de los relatos que alimentan su esperanza y de esos raros momentos en los que millones de personas descubren, con una emoción difícil de explicar, que siguen siendo un “nosotros”.

Tal vez, después de todo, esa sea la victoria más importante. No levantar una copa, sino comprobar que, incluso en medio de la incertidumbre, todavía somos capaces de reconocernos en el rostro del otro y sentir que compartimos un mismo destino.

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