Por Juan Carlos Priora
En medio de la pandemia del coronavirus, se reivindica la visión profética de don Ezequiel Martínez Estrada, porque esta plaga cobra la mayor cantidad de víctimas en los grandes conglomerados urbanos y suburbanos, no sólo del mundo, sino también de Argentina.

Por Juan Carlos Priora
Ezequiel Eduardo Martínez Estrada (1895-1964), nació en San José de la Esquina, Prov. de Santa Fe, el 14 de septiembre de 1895.
Los estudios primarios los realizó en el pueblo de Goyena, en donde su padre tenía un almacén de ramos generales.
En 1905, separados los padres, se trasladó a Buenos Aires, viviendo en casa de una tía. Estudia en el Colegio Nacional “Nicolás Avellaneda”.
Entre 1914 y 1915 ingresó, como empleado, en el Correo Central, en donde tuvo que acogerse a la jubilación forzada en 1946.
Amante de la pintura y de la música, llegó a ejecutar aceptablemente el violín y fue un experto luthier; cupido lo flechó con los dardos provenientes del arco de la pintora y escultora florentina Agustina Morriconi (19 años), con quien contrajo matrimonio el 21 de enero de 1921, a la que le dedicó varios de sus poemas.
Hombre sensible, cultivó una intensa amistad con Horacio Quiroga, visitándolo diariamente en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, en donde estuvo internado desde 1936 hasta su fallecimiento en 1937.
Don Ezequiel, se inició como poeta, colaborando con las prestigiosas revistas: Caras y Caretas, Fray Mocho, Plus Ultra y Nosotros. Entre 1918, cuando aparece su primer libro de poemas, titulado: Oro y Piedra, hasta después de su muerte, se le publicaron 41 libros. El poeta fue oscurecido por el ensayista. Los ensayos más renombrados fueron Radiografía de la Pampa (1933), Muerte y Transfiguración del Martín Fierro (1948), que el Centro Editor de América Latina reeditó en 1983 en cuatro tomos con un total 991 págs. Se trata de una interpretación de la vida argentina. Pero el libro que nos interesa para esta reflexión es La Cabeza de Goliat (1940). En él vuelca su amor por Buenos Aires, pero también su profunda preocupación por la macrocefalia de Buenos Aires, que a partir de 1930 fue receptora de una gran inmigración interna, procedente de las provincias más pobres. Entonces, se fue formando el primer asentamiento informe (la tristemente famosa “Villa 31”, en Retiro), expandida con nuevo impulso como toda la Capital, a partir de 1950. Fenómeno que se extendió hacia otros puntos de la Capital y también, extramuros de la Av. Gral. Paz, conformando los cordones del conurbano bonaerense, con aglomeraciones, en su mayoría pauperizadas e inmanejables, pero que son funcionales a los insensibles politiqueros populistas de turno, que los mantienen pobres con fines clientelistas. Hoy, la preocupación de Martínez Estrada de hace ochenta años, adquiere ribetes proféticos, cuando el coronavirus se apodera de los grandes centros urbanos, convirtiendo a sus habitantes en prisioneros, más aún, en secuestrados en sus propias viviendas. Sí, “La cabeza de Goliat” tiene nuevas hijas -como la hiedra- en cada una de las capitales de las provincias, en donde se reproduce el fenómeno de expulsión de los habitantes del interior rural hacia los centros urbanos, convirtiéndolos en asentamientos de personas hacinadas que pierden su dignidad humana por las condiciones infrahumanas de vida. Tal vez, la última aceleración de este fenómeno, lo dio la destrucción aviesa del ferrocarril en la década de los noventa. Pensar que desde 1857, con el tendido de los primeros diez kilómetros de vías férreas, comenzó un desarrollo creciente de ese formidable medio de transporte que durante el primer centenario creció hasta los 34.000 kms., llevando progreso, conectividad y fletes razonables a lo largo, y a lo ancho del territorio argentino, favoreciendo un formidable crecimiento económico.
Ideológicamente, Martínez Estrada comenzó como liberal y terminó seducido por los “pececitos de colores del marxismo”, adhiriendo con fervor a la Revolución Cubana. Creo, sinceramente, que no vivió lo suficiente como para desencantarse de dicho “paraíso”.
Aunque olvidado por varios gobiernos, recibió, en vida, algunos reconocimientos como el Primer Premio Nacional de Literatura (1933) y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1948, de la que fue presidente en 1942.
En 1957 fue designado Profesor Extraordinario en la Universidad Nacional del Sur (UNS).
En 1993, con motivo de cumplirse los sesenta años de la primera edición de Radiografía de la Pampa, la fundación que lleva su nombre, con los auspicios de la UNS, llevó a cabo el Primer Congreso Internacional sobre la vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada. El segundo, se realizó en 1995, al cumplirse el centenario de su nacimiento. Concurrieron prestigiosos hombres de letras del país y del exterior.
Su producción literaria fue valorada por escritores de la talla de Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Enrique Anderson Imbert, Pedro Luis Barcia, Beatriz Sarlo, entre muchos otros.
En 1949 se afincó definitivamente en Bahía Blanca (Prov. de Bs.As.). Cuando falleció (3 noviembre 1964), me enteré que había sido mi ilustre convecino, pues su casa, en donde hoy funciona la Fundación “Ezequiel Martínez Estrada” (Avda. Alem 908), estaba a tres cuadras de donde yo residía por entonces.
Hoy, en medio de la pandemia del coronavirus, se reivindica la visión profética de don Ezequiel Martínez Estrada, porque esta plaga cobra la mayor cantidad de víctimas en los grandes conglomerados urbanos y suburbanos, no sólo del mundo (Lombardía, China, Corea del Sur, Madrid, Barcelona, Nueva York, etc.), sino también de Argentina. ¡Cuánta sabiduría la de este notable escritor, pues pensaba que la grandeza de una patología nacional, es directamente proporcional a la estatura espiritual de su cabeza. Supo expresar, “porque no supimos construir una gran nación, construimos una gran ciudad” (Christian Ferrer. Prólogo a La Cabeza de Goliat. Buenos Aires: Editorial Sol, 2001, pág.10).




