María del Pilar Barenghi
María del Pilar Barenghi
En febrero de 1955, el destructor “Caldas” de la Marina de Guerra colombiana perdió ocho miembros de su tripulación en la vorágine, se dijo, de una gran tormenta. El barco había zarpado de Mobile (USA) luego de ser reparado. Su destino era Cartagena de Indias, puerto al que llegó dos horas después del infortunio. Los marineros, luego de cuatro días de intensa búsqueda, fueron declarados oficialmente muertos. Para sorpresa y alegría patria, una semana más tarde, dejando atrás tiburones amenazantes, ausencia de agua y alimentos, apareció un sobreviviente. Su nombre: Luis Alejandro Velasco. De inmediato se convirtió en héroe nacional. Disfrutó de honores, le ofrecieron participar en espacios publicitarios, saboreó la banalidad de los homenajes que trae la fama cuando llega de casualidad y así, el hombre que venció a las mareas durante casi diez días, tuvo los famosos cinco minutos de gloria. Un mes después del desastre, Velasco se presentó en la redacción del diario El Espectador de Bogotá y ofreció narrar su odisea completa a tres periodistas que no llegaban a los treinta años. Uno de ellos quedó a cargo de escuchar la peripecia del náufrago y decidió que fuera el protagonista quien llevara la voz cantante del relato. Para narrar los angustiosos momentos vividos por el sobreviviente, el periodista puso al servicio de la narración el andamiaje de sus estrategias discursivas pero desde un virtual cono de sombra. La historia fue publicada por El Espectador en forma de folletín por entregas. Lo curioso y paradójico del caso fue que, en su relato, el náufrago develó una oscura patraña encubierta por el gobierno colombiano. En realidad, no existió la mentada tormenta. La caída al agua de los ocho marineros se debió a razones que tenían que ver más con la corrupción de la Marina que con la furia de las tempestades. Como no podía ser de otra forma, la reacción oficial no se hizo esperar. El estatus heroico de Velasco se disolvió de inmediato, perdió su trabajo y el periodista hubo de acudir a un veloz exilio, dado que la dictadura imperante por esos días en Colombia, con Gustavo Rojas Pinilla a la cabeza, no se andaba con chicas.
Treinta años después, el reportaje que había nacido como folletín se convirtió en novela. El reportero exiliado decidió en febrero de 1970 publicar, en Barcelona, la historia con un extenso título del que sólo consignaremos su inicio: “Relato de un náufrago”.
De Luis Velasco poco hemos sabido. Alguien dice haberlo visto, entrado en años y kilos, trabajando como administrativo en una empresa de transporte. Del periodista sí podemos ampliar datos. Recibió el Nobel de Literatura en 1982. Contó historias de familias condenadas a la soledad de cien años, nos hizo estremecer con muertes anunciadas y afirmó que, aún en tiempos del cólera, el amor era posible. “Relato de un náufrago” es uno de sus textos más antiguos. Tiene, entre otras cosas, el valor de dar la voz a un insignificante sujeto que después de haber escalado el mármol decidió, vaya a saber por qué motivos y según el periodista, “dinamitar su propia estatua”.




