Recuerdo aquella noche helada como si la tuviera frente a mis ojos. El frío no era un frío cualquiera: se metía en los huesos, en las manos, en el aliento que se volvía visible. El viento soplaba con tanta fuerza que las ramas parecían petrificadas, inmóviles, atadas por un destino de hielo.




































