Es prudente pensar que para el Papa Francisco la reforma de la Curia Romana es una tarea prioritaria y a la que, además, le dedica no pocas de sus energías, como podremos apreciar luego, atendiendo a la multiplicidad de cambios que constantemente está produciendo. La necesidad de introducir reformas importantes en esta institución de 430 años de vida lo expresó el Sumo Pontífice en al menos tres ocasiones con toda claridad y contundencia. Lo hizo por vez primera el 22 de diciembre de 2014 en el Discurso a la Curia Romana con ocasión de la Navidad7. A partir de la imagen paulina de la Iglesia como Cuerpo, del cual Cristo es la Cabeza, el Pontífice expresó: “Es bonito concebir la Curia Romana como un pequeño modelo de la Iglesia, es decir, como un “cuerpo” que intenta, seria y diariamente, ser más vivo, más santo, más armonioso y estar más unido en sí mismo y con Cristo”. Estas palabras, analizadas desde un punto de vista negativo, exponen lo que le falta a la Curia Romana, (a los miembros de la misma, por decirlo con más exactitud), es decir, que no intentan muchos de ellos una cotidiana conversión, que no se comportan unidos como miembros del mismo cuerpo y que esta desunión, tiene como fundamento último la falta de comunión con Cristo. A este análisis no es necesario hacerles ninguna aclaración a los efectos de interpretar correctamente lo que el Santo Padre quiso manifestar: les falta vida auténticamente cristiana; deseos y esfuerzos por crecer en el camino de la santidad; falta de idoneidad en el cumplimiento de sus obligaciones pastorales, misionales y testimoniales; etc. En el contenido central del discurso el Papa desarrolló lo que él mismo tituló “el catálogo de las enfermedades” que pueden atacar y debilitar ese cuerpo eclesial que es la Curia Romana, que es un cuerpo vivo, cambiante y, por lo mismo sujeto a gozar de salud o, por el contrario, de padecer distintas enfermedades. Mencionó en total quince enfermedades, las cuales van de-formando el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y desfiguran su rostro luminoso de Esposa del Cordero (Ap. 21, 9). Las “enfermedades” que señaló fueron éstas: el sentirse irremplazable e imprescindible; la excesiva laboriosidad (la llamó “martalismo”, en relación a Marta, hermana de Lázaro y María: Lc. 10, 38-42 y Jn. 11, 1-2); el endurecimiento mental y espiritual (cerrazón de la mente y el corazón); la descordinación; el Alzheimer espiritual u olvido de la dimensión trascendente de la vida; la rivalidad y la ostentación; la hipocresía (que produce una esquizofrenia espiritual o dualismo de vida); las murmuraciones y los chismes; la amargura interior que se traduce en el rostro tenso y en las actitudes de falta de acogida cordial del otro; la avaricia y el apego desmedido a los bienes mundanos. Al año siguiente fue la segunda intervención en la misma perspectiva, a partir del sentido de la palabra “misericordia”, propuso un “catálogo de las virtudes necesarias para quien presta servicio en la Curia y para todos los que quieren hacer fecunda su consagración o su servicio en la Curia y para todos los que quieren hacer fecunda su consagración o su servicio a la Iglesia”. En dicho discurso expresó su concepción acerca de la necesaria reforma de la Curia Romana como una mutación o, mejor, como una “transformación”; es decir, tiene que ser un cambio que se da hacia adelante, mejorando su cualidad; un cambio que implica un crecimiento hacia arriba, hacia lo más perfecto, siempre con el anhelo de crecer y superarse en calidad, es decir, en la búsqueda constante de la perfección y ésta en sentido cristiano, encaminada a la santidad. Por tercera vez manifestó el Papa Francisco la necesidad de reforma constante que debe tener la Curia Romana. En realidad, se refería a la necesidad de reforma que necesitan las “personas” que prestan su servicio en la Curia Romana, sin lo cual es imposible que se transformen y cambien las “estructuras” o instituciones. Esta vez en su Discurso a los miembros de la Curia Romana les trazó los criterios-guía que requiere una auténtica reforma. Indicó doce elementos indispensables, a saber: la individualidad (la conversión personal); la pastoralidad; la misionariedad; la racionalidad; la funcionalidad; la modernidad; la sobriedad; la subsidiariedad; la sinodalidad; la catolicidad; la profesionalidad y la gradualidad.