Vivimos en la era de la intemperie total. Hubo un tiempo en que el refugio no era un espacio arquitectónico, sino una frontera existencial: el límite difuso donde terminaba la exigencia del mundo exterior y comenzaba el derecho al silencio, al repliegue, e incluso al naufragio personal. El hogar era el sitio donde el sujeto se quitaba la máscara social para enfrentarse, a solas y sin testigos, a su propia finitud.


































