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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Julieta Lanteri, la dignidad de ser mujer

Julieta Lanteri, la  dignidad de ser mujerJulieta Lanteri, la dignidad de ser mujer

Miércoles 30.11.2016
 23:57

por Rogelio Alaniz

Como Simone de Beauvoir podría haber dicho: “No se nace mujer, se deviene mujer”. La autora de “El segundo sexo” escribió este libro a fines de los años cuarenta, cuatro décadas después de que Julieta Lanteri escandalizara a los hombres y a las mujeres de su tiempo, defendiendo los derechos de las mujeres. En esa tarea no estuvo sola, pero tampoco fueron muchas las que la acompañaron. Es muy probable que en algún momento Julieta haya sufrido la soledad y es probable que esa soledad para ella haya sido más amarga y más dura que la de sus compañeras de causa. Sin embargo, si el dolor, las penas o la sensación de que peleaba contra molinos de viento la dominaron, sólo ella lo supo, porque nunca nadie la oyó quejarse de su destino, que no fue precisamente el de una mujer feliz.

Supongo que no debe de haber sido fácil defender los derechos de las mujeres hace más de cien años. En la actualidad tampoco lo es, pero admitamos que ahora la batalla política y la batalla por las ideas están ganadas. Cien años atrás, la situación era muy diferente. En Europa, en la avanzada y culta Europa, las mujeres recién se estaban empezando a movilizar para obtener el derecho al voto. La lucha iniciada por una minoría había ido creciendo en capacidad de convocatoria y en violencia. En la muy conservadora y flemática Inglaterra las sufragistas salían a la calle, insultaban a los políticos, se ataban con cadenas en los edificios públicos y si podían interrumpían las sesiones de la muy almidonada Cámara de los Lores.

Para principios de siglo, las mujeres en nuestro país seguían siendo consideradas menores de edad, según el Código Civil. Vélez Sarsfield era muy liberal y su hija Aurelia muy progresista; pero en ese tema a la hora de escribir el Código pensaron y actuaron como conservadores recalcitrantes. No los condenemos. Entonces la inmensa mayoría de la clase dirigente consideraba que la mujer era una incapaz jurídica, una incapaz moral y, por supuesto, una incapaz política.

Si para el poder político la mujer era una incompetente, para la Iglesia Católica su lugar era la casa y la crianza de los hijos. La única salida autorizada era en dirección al templo más cercano. A las fiestas y reuniones sociales, las “niñas” asistían acompañadas de un regimiento de tías, primas y abuelas. El consenso a favor de la postergación de la mujer era muy amplio, abrumadoramente amplio. Pero lo más grave no era que los hombres pensaran como machistas; lo más grave era que la inmensa mayoría de las mujeres compartían esos criterios. En algunos casos por conformismo, en otros por miedo, pero lo cierto es que a señoras y señoritas les parecía muy bien -y probablemente les resultaba muy cómodo- que la mujer fuera considerada al mismo nivel que los menores y dementes.

No escapaba a la percepción de Julieta Lanteri esta paradoja. Mejor que nadie ella sabía que quienes más resistían a su programa emancipador eran las propias mujeres y que sin ese conformismo a los hombres, o al sistema machista, les resultaría imposible sostener sus privilegios. En una entrevista que le hizo la revista El Hogar, se despacha con las siguientes consideraciones: “¿Saben ustedes quiénes son las verdaderas enemigas del Partido Feminista Nacional? Las mujeres. ¿Curioso verdad? ¡Las mujeres son las peores enemigas de la mujer! Ellas, que deberían ser las más interesadas en que nosotras triunfemos, se burlan de mí. ¡Ellas son las que influyen a sus maridos, hijos y hermanos para que no nos voten!”.

Sin embargo, Julieta advierte que esa conducta de las mujeres obedecen a causas sociales y culturales. El derecho al voto expresa una reivindicación política -dice-, pero el objetivo apunta a liberar a la mujer de la esclavitud de las costumbres y del despotismo de la cultura machista. Sacar a la mujer de la casa, arrancarla de la opresión del hogar, del dormitorio, de la cocina, de los prejuicios que la ataban de pies y manos con hilos invisibles pero más eficaces que las cadenas más resistentes, significa obligarla a pensar por su cuenta.

El destino de la mujer entonces era el casamiento y los hijos. La mujer que no cumplía con esas metas se quedaba a vestir santos. La solterona era una carga, una culpa, un error y, para muchos, una falta. Tanta represión producía sus consecuencias: histéricas, neuróticas, frígidas, sus desequilibrios a nadie le importaban demasiado porque, en definitiva, la mujer no importaba a nadie.

Decía que en las clases altas y medias, las mujeres podían ser consideradas, en el mejor de los casos, un delicado objeto estético. Victoria Ocampo relata en sus memorias la tragedia cotidiana de esa educación represora. Simone de Beauvoir habla en uno de sus primeros libros de su amiga Zaza, que encuentra en el suicidio una salida a los remordimientos y la angustia. “A Zaza la mató su educación”, escribe.

En esos años de incomprensión y prejuicios, Julieta Lanteri será una de las principales protagonistas en la lucha por afirmar los derechos de las mujeres. Ella será la más audaz, la más escandalosa, también la más solitaria y, como se demostrará después, la más indefensa.

En 1912 se discute en el Congreso las modalidades de la futura Ley 8.871, conocida como Ley Sáenz Peña. Pulcros, atildados y formales, los legisladores de ese parlamento hacen uso de la palabra, polemizan con la mayor corrección posible. Sin embargo, en ese ambiente correcto, mesurado, las crónicas van a registrar un incidente que es particularmente escandaloso, porque lo protagoniza una mujer: Julieta Lanteri.

En el silencio de la augusta sala, de pronto se escuchan gritos desde la barra a favor del voto femenino. Más sorprendidos que fastidiados, los diputados levantan la vista y tratan de identificar a la responsable de ese acto inaudito. Julieta sigue hablando a los gritos y su voz se confunde con los silbidos, risas e insultos. A Julieta el escándalo no la intimida. Está acostumbrada a protagonizar escenas parecidas, a soportar las groserías de algunos hombres, la mirada reprobadora de mujeres tontas y sumisas, incluso a lidiar con la policía. Un fotógrafo registra la escena. Seguramente Julieta se felicitará por lo que acaba de hacer porque el escándalo saldrá en los diarios y una vez más su nombre, asociado a la lucha por los derechos de la mujer, estará en boca de la gente.

Para 1912 Julieta lleva más de seis años de militancia ininterrumpida a favor de los derechos de las mujeres. Siempre vestida de blanco, como las sufragistas inglesas, sostiene que en la Argentina no es necesario alentar acciones violentas como sus compañeras europeas. El objetivo político está claro: el voto de la mujer; la táctica: valerse de todos los resquicios legales para obligar al sistema a reconocer a la mujer como una persona titular de todos los derechos civiles y políticos.

En 1911 se presentará ante la Justicia para que la reconozcan como ciudadana argentina, porque había nacido en un pueblo de Piamonte. Pretende nacionalizarse para luego dar el paso siguiente: si es argentina, si tiene domicilio legal, si trabaja y paga impuestos, no le pueden negar su condición de ciudadana y, mucho menos, el derecho a votar.

Nunca se sabrá con precisión si los jueces fueron sorprendidos en su buena fe, si secretamente eran solidarios con Julieta, o si eran ignorantes y se dejaron enredar por la habilidad de esa mujer “terrible”, pero lo cierto es que el 15 de julio de 1911 le permitieron incorporarse al padrón, y en octubre de ese año votó en elecciones para concejales capitalinos en la parroquia de San Juan. El presidente de la mesa, Adolfo Saldías, la felicitó. Algunos hombres la aplaudieron, otros le sacaron el cuero, pero lo cierto es que por primera vez en la historia argentina una mujer, Julieta Lanteri, había votado. (Continuará)

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