Hay historias que caben enteras en un gesto. Tres golpes de nudillos sobre una puerta de chapa. Una banda celeste y blanca acomodada en el pecho de un chico. Una caminata breve que, repetida, se vuelve destino. Si uno escucha bien, en esa secuencia mínima se oye trabajar a la escuela: sin estruendo, sin placas, con exactitud de latido.



































