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Recuerdos de la escuela

La historia de Adela

A través de gestos simples y un compromiso inquebrantable, Adela deja una huella imborrable en la comunidad, enseñando valores que trascienden generaciones. Con su voz clara y mirada firme, logra que la escuela sea un refugio de aprendizaje y esperanza para tres hermanitos de un barrio humilde.

La historia de AdelaLa historia de Adela

Jueves 12.2.2026
 15:10
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Hay historias que caben enteras en un gesto. Tres golpes de nudillos sobre una puerta de chapa. Una banda celeste y blanca acomodada en el pecho de un chico. Una caminata breve que, repetida, se vuelve destino. Si uno escucha bien, en esa secuencia mínima se oye trabajar a la escuela: sin estruendo, sin placas, con exactitud de latido.

Esta es la historia de tres hermanos. Rodolfo tenía nueve años, Ricardo ocho y Regina, seis. Vivían en una casa que no era del todo una casa: el techo, cuando llovía, dejaba caer un hilo obstinado que había que domar con baldes; las paredes sin revoque retenían el invierno; el piso hacía a la vez de sala, dormitorio y comedor.

En el centro, como una brasa que no se apagaba, la madre trabajaba de sol a sol. Entre un turno y otro, dejaba pan de ayer, mate cocido y un beso a oscuras. Pero en verdad esta no es la historia de esos tres hermanos. Es la historia de Adela...

Adela era maestra de cuarto grado y, algunos años, también de quinto. Voz grave, paso decidido, guardapolvo limpio, una mirada que ordenaba sin alzar la voz. Había aprendido -tal vez desde siempre- que enseñar no es repetir contenidos, sino entrar a la vida de los otros con respeto: como quien pisa una casa ajena y, antes de hablar, escucha.

Cada mañana, cuando el gallo del barrio apenas terciaba la claridad y la madre ya iba camino al trabajo, Adela desviaba sus pasos. Tres toques secos, reconocibles, en la puerta de chapa. Y luego, la lista de nombres con un tono entre el llamado y la caricia: "Rodolfo, Ricardo, Regina… vamos, que la escuela no espera".

Al principio los despertaba; pronto alcanzó con saber que ella vendría para que se adelantaran a vestirse, torpes y apurados. Los zapatos hablaban más del suelo que del cuero; las medias, cuando había, eran de otro número; las manos heladas buscaban la suya. Adela los tomaba: uno a cada lado y el tercero adelante. Y caminaban.

El barrio recién se lavaba la cara. Olor a leña húmeda y a pan horneándose cerca. Un perro seguía de lejos; un vecino, con la radio baja, dejaba escapar un tango. Adela contaba sin contar, como quien mide un camino para que ningún día resulte más largo de lo necesario.

Si llovía, el paraguas se abría para tres cabezas; si el viento pegaba en la cara, ajustaba bufandas; si el sol apretaba, agradecía el jacarandá del patio, que en octubre derramaba un cielo violeta sobre las baldosas. En la escuela, cada cual a su grado: Rodolfo, el mayor, era alumno suyo en cuarto; Ricardo estaba en tercero; Regina empezaba primero, con moños grandes y cuadernos nuevos.

Adela los dejaba en cada puerta, y aun cuando no todos fueran sus alumnos directos, se hacía tiempo para verlos a los tres. Pasaba por el comedor a la hora de la leche, saludaba a las cocineras por su nombre y distribuía sin humillar: a veces un vaso tibio, a veces una fruta; nunca un gesto que pesara más que el alimento.

El aula de cuarto tenía un pizarrón verde con la marca de una línea a la altura de los dictados. Las tizas cortas dejaban polvo en sus manos; la escuadra colgaba de un clavo; en la repisa, tres cactus aguantadores. Adela decía "buen día" y el saludo tenía espesor de promesa: hoy aprenderemos algo que nos hará mejores.

Pasaba lista, pero más que nombres tomaba asistencia de miradas: el que llegaba con hambre, el que traía ojos rojos, la niña que escondía un cuaderno sin tapas. Había aprendido a leer lo que no estaba escrito. Rodolfo se sentaba en la tercera fila, al medio, con una postura mitad atención y mitad deseo de no fallar. Letra apretada, un orgullo pequeño que Adela supo encauzar para que no se volviera pared.

Ricardo, en tercero, necesitaba preguntas breves para volver a la concentración; la seño de su grado, avisada por Adela en los pasillos, le tendía puentes. Regina, en primero, jugaba con el borde del guardapolvo; hasta que, un día, levantó la mano y dijo claro: "Seño, entendí". Esos milagros minúsculos, Adela lo sabía, valen una clase entera.

Había días de acto. La escuela se llenaba de escarapelas de papel crespón, versos de memoria, trajes improvisados en las casas, madres que podían, padres que llegaban cuando el patrón dejaba. Adela, entre bambalinas, no buscaba aplausos, buscaba armonía.

Ajustaba una vincha, acomodaba una bandera de papel, corregía un verbo a punto de tropezar. Y miraba de reojo a los tres hermanos, alisándoles la blancura del guardapolvo como quien acomoda una esperanza.

El año avanzó. Las divisiones empezaron a tener sentido; la lectura dejó de arrastrar sílabas como piedras; el cuaderno de Rodolfo comenzó a parecerse a un pequeño atlas donde el mundo cabía entre renglones prolijos. Adela no solía prodigar elogios. Una tarde, al devolver trabajos, dijo: "Cuando uno se esfuerza, el papel se da cuenta". Y el papel -o, mejor, lo que el papel guarda- se dio cuenta.

Un recreo, la directora, con su carpetita azul, llamó a Adela. Hablaron bajo, como quienes saben que la alegría exige decoro. De vuelta en el aula, Adela anunció con la voz serena: el mejor promedio del grado era de Rodolfo. Alcanzó con eso.

En los ojos de Rodolfo, primero sorpresa, después una mezcla de ternura y susto, apareció una luz que no se parece a ninguna otra: la de quien empieza a verse capaz.

El tiempo, que a veces es lento como una tarde de verano, se aceleró de golpe. Fin de año. El patio barrido a nuevo; sillas alineadas; la bandera esperando detrás del telón; una mesa con medallas modestas y diplomas solemnes para manos pequeñas. La madre pidió permiso en el trabajo.

Llegó con un vestido sencillo y una dignidad sin adornos. Ricardo y Regina, con las mejores medias que encontraron, ocuparon la segunda fila. Adela se quedó al borde del escenario, con ese equilibrio de orgullo y cuidado de las maestras que no quieren que la emoción distraiga el deber.

Anunciaron abanderado y escoltas. Redondearon el apellido con ceremonia de gran noticia: Rodolfo sería el abanderado. Por un segundo, el patio se volvió silencio absoluto; después, un murmullo de asombro amable creció como ola. Rodolfo se puso de pie. Adela le hizo una seña breve -"estoy acá, pero ahora sos vos"- y él avanzó. La directora cruzó la banda celeste y blanca; le entregó el asta.

Rodolfo, que a veces había cargado baldes de agua en su casa, sostuvo ahora otro peso: el de un símbolo que lo sostenía a él. Miró al frente. No lloró. O sí, un poco, hacia adentro. La madre apretó la bolsa que usaba como cartera con ambas manos, como si en ese gesto pudiera agradecer lo que las palabras no alcanzan. Ricardo aplaudió con la intensidad de dos; Regina se puso de puntas para verlo mejor.

Cuando entonaron el himno, la voz de Rodolfo se mezcló con las demás, pero era otra cosa: un hilo firme que parecía venir de lejos y proyectarse hacia adelante. A un costado, Adela dejó que una lágrima le mojara la comisura del ojo y, como si fuera polvo de tiza, la barrió con el dorso de la mano. Nadie lo dijo en voz alta. Igual quedó guardado donde se guardan las cosas verdaderas.

Después, en el aula, Adela se acercó a Rodolfo. No dijo "felicitaciones". Le acomodó, apenas, la banda y pronunció una frase que alcanza por muchas: "Llevar la bandera es sostener a los demás". Rodolfo asintió con una madurez nueva, como quien entiende que el mérito solo vale si se vuelve compromiso. Ese verano fue largo y claro.

Los hermanos ayudaron más que nunca en la casa, oxigenados por una alegría que no era solo de Rodolfo. Cuando volvieron las clases, el patio recibió a un abanderado que, cada vez que cruzaba la puerta, buscaba con la mirada, por costumbre, a la mujer que lo había llevado tantas mañanas de la mano.

Adela estaba ahí, sin reclamar autoría, en su sitio de siempre: la que engrasa las bisagras para que la puerta abra sin ruido. Pasaron los años. Rodolfo dejó la primaria con la dignidad de quien aprendió a estar erguido sin altanería. Ricardo le encontró gusto a las ciencias en un laboratorio que olía a alcohol y promesas.

Regina, que había aprendido a levantar la mano antes de hablar, empezó a escribir poemas en los márgenes. La madre envejeció un poco más despacio, como si el tiempo se hubiera compadecido.

Adela pasó a vicedirectora; luego, a directora. Llevaba carpetas bajo el brazo y reuniones en la agenda, pero siempre se detenía cinco minutos en un pasillo para preguntar por una abuela o recordar que el lunes haría frío.

Un día, Adela faltó. Fue de pronto, como una tiza que se parte en medio de la palabra. El barrio se detuvo un instante: el pan salió del horno más lento, el perro no ladró, la radio leyó el parte con otra voz. En la escuela, el timbre sonó puntual, pero el pasillo quedó con un silencio que no acusaba: apenas nombraba.

Los chicos llevaron flores pequeñas; las maestras, un nudo; la bandera, un pliegue más firme. No hubo discursos largos. Bastó recordar tres golpes de nudillos en una puerta y una banda acomodada en el pecho de un niño. Bastó mirarse a los ojos. Nadie erigió una estatua. No hubo placas. La historia rara vez ofrece bronces a quienes afinan la vida en lo pequeño.

Pero la huella está. En el gesto de Rodolfo cuando cede el asiento en el colectivo; en la paciencia con que Ricardo explica una cuenta a alguien más chico; en la manera en que Regina pronuncia "gracias" como si la palabra necesitara cuidado. Está en la forma de mirar de estos tres hermanos, que aprendieron temprano a ver al otro.

Por eso, cuando el mundo parece pedir gritos, conviene volver a esa escena humilde: una maestra de guardapolvo blanco desviando sus pasos para tocar una puerta; tres niños calzando, de apuro, zapatos gastados; una caminata que, repetida, se vuelve destino; un aula con olor a tiza y promesas; un patio donde un chico sostiene una bandera que, sin decirlo, lo sostiene a él.

Allí está lo que importa. Esta es, dicen, la historia de tres hermanos. En verdad, es la historia de Adela.

Y al nombrarla así, con una sola palabra, nombramos a todas las maestras de grado que encendieron un fuego en medio del frío, que repartieron leche sin herir la dignidad, que corrigieron con labios apretados y ojos húmedos, que apretaron una banda sobre el pecho de un niño y le enseñaron -sin discurso- que la educación es, sobre todo, aprender a sostener a los demás.

Ojalá haya miles de Adelas. La nuestra se llevó, al irse, unos latidos; a cambio, nos dejó el pulso aprendido.

(*) Profesor Universitario. Arquitecto y magíster en Arquitectura. Ensayista y escritor enfocado en la arquitectura, la ciudad, cultura y sociedad.

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Rodrigo Agostini
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