En lo personal, recuerdo un episodio vinculado a Malvinas, que viví en el año 2011, cuando visité el Museo de la Guerra Imperial, en Londres. En este museo militar británico, se exhiben archivos, fotografías, material cinematográfico, grabaciones de historia oral, una amplia biblioteca, aviones militares y otros vehículos. Hay un espacio especial destinado a la guerra de Malvinas, en la sección "Conflictos post Segunda Guerra Mundial". Mientras se reproducía un video que mostraba a los soldados argentinos caminando en fila, tras producirse la rendición de Mario Benjamín Menéndez ante el General Jeremy Moore en las islas, un inglés que observaba las imágenes a mi lado, comenzó a reírse jocosamente del caminar de los soldados y expresaba en voz alta –para que otros lo escucharan–, que no entendía cómo la Argentina había imaginado ganar la guerra con esas fuerzas militares inexpertas. La risa irónica me afectó en lo más profundo y reconozco que no pude contener mis emociones. Lo miré y le dije: "Disculpe señor, soy argentino, y esos soldados son héroes de mi Patria y merecen respeto en la Argentina y en todo el mundo. Ellos fueron enviados a una guerra, por un gobierno de facto nefasto que usó una causa justa para lograr un poco de legitimidad interna". El inglés, enmudeció, borró la sonrisa socarrona de su rostro, pidió disculpas y expresó su respeto a los soldados argentinos. Este episodio no hace sino confirmar que las heridas siguen abiertas y que la Cuestión Malvinas, está muy lejos de ser un hecho de baja intensidad, en términos emocionales.