Rogelio Alaniz
No hay mucho más que decir después del excelente libro escrito por Rodolfo Walsh. Se trata de la ejecución, la masacre, de cinco hombres que habían sido detenidos unas horas antes en un domicilio de la localidad bonaerense de Florida. Los hechos ocurrieron en la madrugada del 10 de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez, una localidad del partido de San Martín.
El día anterior estaba previsto un levantamiento cívico-militar liderado por los generales Valle y Tanco. La asonada fracasó. Los militares en el poder conocían los pasos que iban a dar los insurrectos y los dejaron hacer para sorprenderlos con las manos en la masa...o con los máuser, para ser más precisos. No era la primera vez en la historia argentina que un grupo de militares se alzaba en armas contra las autoridades constituidas, pero será la primera vez que la represión incluya paredón de fusilamiento para los culpables. Paredón y basurales de la muerte.
El gran estigma de la Revolución Libertadora, del golpe de Estado que, en nombre de la libertad, se perpetró el 16 de septiembre de 1955, fueron estos fusilamientos. La historia por lo general puede perdonar o relativizar todo, menos la sangre, y sobre todo la sangre derramada sin compasión. En su momento, los crímenes fueron justificados por los victimarios. “No se puede jugar a la revolución”, dijo un militar entorchado. “Se acabó la leche de la clemencia”, expresó Américo Ghioldi. Pocos años después, nadie, ni los más devotos adherentes a la Libertadora, reivindican lo sucedido: la muerte innecesaria y, además, impune.
Como consecuencia de ese levantamiento militar fueron fusilados dieciocho militares y trece civiles. Se los ejecutó en nombre de un poder constituido a través de un golpe de Estado y de una ley marcial puesta en vigencia con posterioridad a los actos cometidos por los insurrectos. Cinco años antes Perón había frustrado un fragote militar, pero a pesar de las presiones recibidas para aplicar mano dura, se limitó a detener y aplicar condenas, pero sin derramar una gota de sangre.
Nadie en su momento levantó una voz solidaria con los ejecutados en 1956. Ni siquiera Perón, que se preocupó por condenar severamente los hechos. La única voz que dijo algo al respecto fue la de Ernesto Sábato. Unos meses después, el otro dirigente no peronista que se animó a escribir palabras condenatorias fue Leónidas Barletta en el diario “Propósitos”. Barletta se distinguia por sus críticas al peronismo, críticas que seguiría haciendo hasta el final de sus días. Pero esas críticas, no muy diferentes de las de Sábato, tenían un límite y ese límite era la vida, una precaución que Borges y Ghioldi tuvieron la imprudencia de desconocer.
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