El propósito es engañar al ojo. ¿Para qué? Para ampliar de manera ficticia el espacio arquitectónico, o corregir su asimetría, o combatir el miedo al vacío que pueden provocar grandes paredes en blanco, o, simplemente, por jugar con las reacciones del observador. Las motivaciones pueden ser diversas: la resolución de un problema espacial, o el ego del artista, que busca sorprender o conmover al espectador; la vanagloria creativa, o la exploración de los límites del arte. Como sea, desde las búsquedas de los artistas del Renacimiento en los terrenos de la matemática y la perspectiva, fue creciendo la tendencia a perfeccionar los recursos de la ilusión óptica que convierte a una superficie plana en una vivencia tridimensional.
































