I
La reforma laboral avanza en el Senado con un debate que enfrenta a quienes la ven como modernizadora y quienes la critican por favorecer a la clase propietaria.

I
La dichosa ley laboral fue aprobada en la Cámara de Diputados de la Nación y ahora la pelota está en los pies de los senadores.
Estos últimos, seguramente -liberados del estigma social del artículo 44- disponen de todas las condiciones a favor para aprobarla y presentarla como un modelo virtuoso de modernización, en el marco de una economía libre de mercado que lograría el milagro de que la prosperidad de los trabajadores dependa, en primer lugar, de que los ricos sean más ricos.
Si alguien supone que estoy escribiendo un libelo contra el capitalismo y la propiedad privada, desde ya le adelanto que mi ánimo no solo no se inclina para ese lado sino que hasta estoy dispuesto a aceptar que en las sociedades en que vivimos es importante que los ricos disfruten de seguridades y márgenes de ganancias.
Garantías que, dicho sea de paso, en los tiempos que corren están muy bien garantizadas porque, salvo Myriam Bregman y Nicolás del Caño -y el dos o tres por ciento de votos que los acompañan en esta peregrina odisea hacia el paraíso proletario-, la inmensa mayoría de los argentinos acepta, con más o menos entusiasmo, con más o menos resignación, el principio de la propiedad privada de los medios de producción.
II
La ley laboral a punto de ser aprobada en estos pagos ha sido considerada por unos como la encarnación del mal, y por otros como la expresión de las mejores virtudes del capitalismo criollo. Yo no me voy a enchastrar en el lugar común de decir que lo que corresponde es estar en el medio, algo demasiado obvio y sobre todo demasiado irreal.
Por lo tanto, me tomo la licencia de decir que esta ley presentada como modernizadora inclina la balanza para el lado de la clase propietaria, una pulseada que puede ganar porque dispone de más poder y porque vivimos en un ciclo económico-social en el que la economía tiende a privilegiar más los procesos de acumulación que los de distribución.
Nadie debería sorprenderse de que se sancione una ley cuyo verdadero rostro, su expresión facial más genuina, se expresó en el momento en que a sus senadores u operadores, o lo que sea, se les ocurrió contrabandear bajo cuerda el artículo 44, el que se mete con los derechos de los trabajadores a enfermarse sin que como consecuencia de semejante osadía descuenten sus salarios y llegado el caso, los desechen como un trasto viejo.
"Pobres los pobres, tras cornudos, apaleados", murmuraba un anciano conde español contemplando desde los ventanales de su residencia cómo la policía los dispersaba en la calle con garrotazos ejemplares.
III
Es verdad que el gobierno admitió a través de su senadora estrella, Patricia Bullrich, que se habían equivocado. Autocrítica ejemplar que llegó después de tomar nota que por esa picardía de meter "de sotamanga al pasar" una disposición que más de un opositor aliado calificó de "infame", estaba a punto de venirse abajo todo el edificio legal que tanto trabajo costó levantar.
Claro que se equivocaron y en homenaje a la astucia política decidieron admitir la falta a través del vocabulario farragoso, balbuceante y torpe de la senadora calificada en su momento por el presidente de "montonera asesina".
De todos modos, algo me dice a mí que el error provino de esa suerte de engolosinamiento que ataca a los gobiernos de ultraderecha cuando creen que tienen campo libre para hacer lo que más les gusta.
La Libertad Avanza no se equivocó conceptualmente con el artículo 44 ya que sus dirigentes y teóricos están completamente de acuerdo con las disposiciones del mismo; el error fue más de cálculo que de convicciones.
Nobleza obliga, hay que admitir que el único que se mantuvo firme en sus convicciones fue Federico Sturzenegger, el as de la sierra eléctrica, herramienta cuyos efectos valen para todos menos, claro está, para los contratos que celebra su señora esposa.
IV
El debate sobre la Ley Laboral, o ley de modernización laboral, resulta asombroso por varios motivos, entre otros por las paradojas que sus promotores incluyen y que un sector importante de la sociedad acepta con singular candidez.
Si cobrás mejores salarios corrés el riesgo cierto de perder poder adquisitivo; si reclamás mejores condiciones laborales, corrés el riesgo cierto de ser acusado de vago y mal entretenido; si exigís la indemnización que te corresponde, sos un vil auspiciante de la industria del juicio. Digamos que los trabajadores no solo están equivocados sino que además son culpables.
Lo interesante es apreciar cómo determinadas consignas se incorporan en el sentido común de mayorías, muchos de los cuales son perjudicados por la buena nueva legal, pero ese perjuicio no les reduce el entusiasmo, todo lo contrario.
Dije que estamos transitando por un ciclo económico, social y cultural, y que en las actuales condiciones de la globalización, las nuevas rivalidades entre las grandes potencias y los reacomodamientos de los países periféricos o en vías de desarrollo (o como mejor quieran llamarlos), la partida entre capital y trabajo se salda a favor del capital.
No sé por cuánto tiempo se extenderá este ciclo y no sé por cuánto tiempo lo podrán soportar las clases subalternas.
V
Por lo pronto, el gobierno dispone del consenso necesario para avanzar en su estrategia. No deja de sorprender que aquello que Álvaro Alsogaray, Roberto y Juan Alemann, Federico Pinedo o José Martínez de Hoz no pudieron lograr con respaldo militar, hoy lo logre Javier Milei.
Y, además, se dé el lujo de lograrlo con respaldo popular, mientras él canta canciones de Elvis Presley en las reuniones celebradas por su anfitrión en Estados Unidos.
La estrepitosa novedad de este dato histórico debería convencernos de que el mundo ha cambiado y que el cambio ya no es patrimonio de la izquierda sino de la derecha. A modo de consuelo o de advertencia importa saber que en estos temas el éxito no es eterno y el fracaso tampoco lo es.
La legislación social en el mundo moderno no es un capricho de comunistas, ácratas y resentidos sociales. Es y fue una conquista civilizatoria a favor de los desheredados, de los más débiles, de los postergados. Desde que la humanidad adquirió conciencia de esa condición la historia evaluó a los gobiernos por el trato que prodigaba a los pobres.
Con sus sombras y sus llagas, el siglo veinte se distinguió en sus mejores momentos por la calidad de vida que las clases dirigentes le prodigaron a las clases subalternas. Esa calidad de vida fue decisiva, por ejemplo, para derrotar al comunismo. Sería deseable que los actuales gobernantes no ignoren esta elemental lección de la historia.




