"No ascendí al cielo. Descendí a mí mismo desde una altura más antigua que el mundo"
Suspendida entre niebla y cielo, la ciudadela inca esculpe una presencia viva en piedra, donde la geometría sagrada dialoga con el sol y el tiempo se detiene.

"No ascendí al cielo. Descendí a mí mismo desde una altura más antigua que el mundo"
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Seguí mi camino hacia Machu Picchu. Pero antes pasé por Puno, ciudad lacustre donde los cerros susurran en quechua y el frío no se posa sobre la piel, sino sobre los huesos de la historia. Luego Cusco, la antigua capital de un imperio solar.
Allí, cada piedra habla, y cada calle murmura nombres que no figuran en los mapas pero sí en la memoria de la tierra. Pero fue en Aguas Calientes, al pie de la selva alta, donde decidí detenerme.
El río rugía como un corazón húmedo, y el vapor que brotaba de las piedras me envolvió como una advertencia suave: descansá. Y dormí. No por cansancio. Por ceremonia. Al otro día, ascendí. No recuerdo cómo. Quizás caminé. Quizás floté. Quizás fueron las almas de los pueblos originarios las que me llevaron en andas invisibles hasta la ciudad sagrada.
Cuando llegué, Machu Picchu no me esperó: me reconoció. Estaba suspendida entre la niebla y el cielo, como si no hubiera sido construida, sino parida por la montaña. No era una ruina: era una presencia. Una idea viva esculpida en piedra. Una respiración detenida en el tiempo. Las terrazas, dispuestas como versos agrícolas en escalones, no eran sólo siembra.
Eran geometría sagrada. Eran un diálogo entre la tierra y el sol. Los templos sin techo ofrecían el pecho abierto al cielo. No eran refugios: eran altares. Cada piedra encastrada no era producto del cálculo, sino del respeto. No había exceso. No había ornamento. Solo verdad. Y propósito. La Intihuatana -ese pilar solar, ese nudo del tiempo- no se dejaba tocar. Pero se dejaba sentir. Y eso bastaba.
Me detuve. Y entonces ocurrió. Una energía que no era física ni emocional me recorrió. No era una emoción. Era una vibración. Como si la montaña me respirara desde adentro. Como si toda la historia de los Andes se concentrara en ese instante. Y lloré. No de tristeza. Ni de gozo. Lloré como llueve la tierra después de una larga espera. Lloré como si al fin regresara a casa.
No vi personas. Pero sentí presencias. De los que fueron. De los que aún son. De los que no necesitan cuerpo para custodiar. Y comprendí - sin palabras - que el alma no asciende: regresa. Regresa al origen. Al viento. Al fuego. A la piedra. Al abrazo. A la ronda.
Descendí. Pero ya no era el mismo. No era más fuerte: era más liviano. No era más sabio: era más silencioso. No era más que nadie: Era más que yo. Había regresado a la tierra, sí. Pero desde otro plano. Uno más íntimo. Más humano. Más humilde.
Como si la altura no me hubiera elevado por encima del mundo, sino hacia el centro mismo de mi ser. Y supe -como quien vuelve a recordar lo que el alma nunca olvidó- que todo verdadero viaje no te lleva lejos. Te trae de vuelta. Distinto. Pero entero.




