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La Santa Fe de la Solidaridad

La Santa Fe de la SolidaridadLa Santa Fe de la Solidaridad

Miércoles 29.4.2026
 12:34hs
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Pablo Crippa
Por: 
Pablo Crippa

A 23 años de la inundación de la ciudad de Santa Fe, el tiempo no alcanza para poner distancia. Hay hechos que no envejecen, que no se diluyen, que siguen latiendo con la misma intensidad con la que fueron vividos. Aquellos días no fueron sólo una tragedia hídrica: fueron una herida profunda que partió en dos la historia de nuestra ciudad. Un antes y un después que todavía hoy se siente en cada barrio, en cada familia, en cada recuerdo que vuelve sin pedir permiso.

Fue aquel 29 de abril —aunque los días previos ya traían rumores, comentarios sueltos, advertencias que nadie terminaba de dimensionar— cuando empezó a revelarse lo inevitable. Recuerdo que no fue una noticia, fue un murmullo. La mamá de mis hijos más grandes me dijo que la abuela hablaba de zonas que se estaban inundando. No había certezas, no había información clara, pero había algo en el aire que inquietaba. Fuimos hasta su casa de Pedro Zenteno al 3800 para ver qué pasaba. Y lo que encontramos fue eso: incertidumbre hecha escena. Gente caminando rápido, otros corriendo, grupos que se armaban y desarmaban en cuestión de segundos. Miradas que se cruzaban buscando respuestas que nadie tenía.

El clima también parecía acompañar esa sensación extraña. Una llovizna fina, persistente, quizás algo de neblina. El cielo gris, pesado. Como si todo estuviera contenido en una pausa tensa, a punto de romperse. El agua ya estaba cerca de Avenida Perón. Algunos vecinos intentaban tranquilizarse entre ellos: “No va a pasar”, “es imposible que llegue hasta acá”, “la avenida la frena”. Eran frases más de deseo que de convicción. Necesitábamos creer eso.

Pero no fue así

Al otro día, en cuestión de horas, la realidad se impuso con una crudeza imposible de describir. Otra vez el llamado de Sara, la abuela de mis hijos. Esta vez no había dudas en su voz. Había miedo. Un miedo real, visceral. El agua ya había cruzado la avenida y avanzaba rápido. Muy rápido. Lo que hasta hacía unas horas parecía improbable, ahora era inevitable.

En tres horas el agua llegó al techo

No hubo tiempo para pensar, sólo para actuar. Subimos lo que pudimos: algunos muebles, bolsas con ropa, lo indispensable para seguir siendo nosotros en medio de ese caos. Recuerdo el peso de esas bolsas al hombro, pero sobre todo el peso de la angustia. Nos fuimos a Iturraspe al 2600, mi casa, con una mezcla de desesperación y esperanza. La esperanza, todavía, de que en algún momento el agua se detuviera. De que alguien hiciera algo, de que todo volviera atrás.

Esa noche fue interminable. El cansancio era enorme, pero dormir era imposible. Helicópteros sobrevolando, sirenas, rumores de saqueos, la policía, gritos a lo lejos. Nadie sabía exactamente qué estaba pasando ni qué iba a pasar. Era una ciudad en estado de shock. Y en medio de todo eso, una certeza que dolía: el Estado había llegado tarde. Cuando el agua entró, ya no había nada que detener.

Al día siguiente salí para la escuela, a trabajar. Con el corazón pesado, con la cabeza llena de preguntas, con una tristeza difícil de explicar. Pero lo que encontré al llegar fue algo que me desbordó por completo. Más de 150 personas evacuadas dentro de la Escuela Mariano Moreno. De esas, 60 eran chicos. 20 adultos mayores, muchos con problemas de movilidad, algunos en sillas, otros sostenidos por manos que apenas alcanzaban.

Recuerdo caminar por el salón de actos sin saber qué hacer. Mirar a cada persona, a cada familia, y sentir que no tenía respuestas. Que nadie las tenía. Era una sensación de desborde total. Pero al mismo tiempo, empezaba a surgir algo que iba a marcar esos días para siempre.

La solidaridad

Mientras todo se caía, mientras la ciudad se hundía literalmente bajo el agua, la gente empezó a levantarse de otra manera. Llegaban vecinos con bolsas de ropa, alimentos, colchones. Personas que tal vez también habían perdido cosas, pero que igual venían a dar. Y en ese dar, la ciudad empezó a reconstruirse desde lo más esencial.

Nosotros, los docentes, los directivos, el personal de la escuela, nos organizamos como pudimos. No había protocolos, no había capacitaciones para algo así. Había voluntad. Y había compromiso. El Taller de Tecnología, que era mi lugar de trabajo, dejó de ser un aula para convertirse en un refugio emocional para los más chicos.

Un televisor viejo, de esos cuadrados de 21 pulgadas, algunos libros, hojas, colores. Con eso armamos un espacio donde los chicos pudieran, aunque sea por un rato, olvidarse de lo que pasaba afuera. Nos encargábamos de ellos, de sus risas, de sus silencios, de sus miradas. Porque en esas miradas estaba todo: el miedo, la tristeza, la confusión.

Y sin embargo, también había una fuerza increíble. Una capacidad de adaptarse, de buscar un rincón de juego en medio del desastre.

Muchos de nosotros empezamos a llevarnos a los abuelos a nuestras casas. Para que se bañaran, para que comieran algo caliente, para que descansaran en una cama. Una ducha, ropa seca, un plato de comida. Cosas simples que en ese contexto se transformaban en algo inmenso. En un acto de humanidad pura.

Fueron 30 días intensos, agotadores. Días que parecían no terminar nunca. Muchas noches dormimos en la escuela. Porque cuando caía la noche, el miedo volvía con más fuerza. Y ellos, los chicos, los grandes, todos, preguntaban: “¿A qué hora volvemos al taller?”. Y uno entendía que ese lugar, armado con lo poco que había, se había convertido en un sostén.

Había momentos que se volvían sagrados. La leche con chocolate, las tortas fritas, las facturas, las masitas. Eran pequeños rituales que marcaban el día. Canciones, dibujos animados, juegos. Y también los voluntarios que empezaron a llegar. Gente que ofrecía talleres, actividades, tiempo, mucho tiempo.

La ciudad estaba rota, pero también estaba unida como pocas veces.

Se podrían escribir miles de historias de esos días. Cada santafesino tiene la suya, cada uno guarda una imagen, una escena, un abrazo, una pérdida. Porque también hubo mucho dolor, mucho. Pérdidas materiales, sí. Pero también pérdidas emocionales que nunca terminan de repararse.

Y sin embargo, hubo que seguir.

La vida siguió, como siempre. Pero nada volvió a ser igual, porque cuando una ciudad atraviesa algo así, cambia. Cambian las prioridades, cambian las miradas, cambian las certezas.

La justicia nunca llegó. Y con el paso de los años, nombrar responsables parece haber perdido sentido. No porque no los haya, sino porque el tiempo no devuelve lo que nos quitaron. Algunos creen que la justicia llegará de otra forma. Otros simplemente aprendieron a convivir con esa ausencia.

Pero hay algo que sí quedó. Algo que no se llevó el agua.

Durante esos meses, Santa Fe dejó de ser solamente la ciudad de la Vera Cruz. Se convirtió en la ciudad de la solidaridad, y no como una frase hecha, sino como una experiencia real, vivida, sentida en cada gesto.

Esa solidaridad que apareció en el peor momento. Que sostuvo, que abrazó, que acompañó.

A 23 años, recordar no es sólo mirar atrás. Es también reafirmar quiénes somos. Es no olvidar para no repetir. Es honrar a quienes estuvieron, a quienes ayudaron, a quienes resistieron.

Porque hay dolores que no se superan, pero sí se transforman.

Y Santa Fe, en medio del agua, supo transformarse. Supo encontrarse a sí misma en el otro. Supo ser, en el momento más oscuro, una ciudad profundamente humana.

Una ciudad que, aun herida, eligió la solidaridad.

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Pablo Crippa
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