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Crónicas santafesinas

Sunchales

SunchalesSunchales

Jueves 27.10.2022
 4:01
Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz

I

Se parece a la bruma que merodea en los sueños o a esa neblina azulada que acompaña los recuerdos: la torre de una iglesia en el horizonte, levantada hacia un cielo de un azul terso como nacido de la inspiración de Monet. Estoy en la ruta 34, acabo de salir de Rafaela y estoy llegando a Sunchales: la torre es la de la iglesia de Sunchales, la única iglesia en el mundo que puede decir que bajo su bóveda me confesé, recibí la hostia y celebré mi primera comunión cuando estaba por cumplir ocho años. No sé por qué motivos esa imagen de la torre de la iglesia es lo primero que se presenta, es la primera señal que recibo de que estoy llegando a Sunchales, el pueblo o la ciudad en la que transcurrió mi infancia y mi adolescencia: a 38 kilómetros de Rafaela, a 140 kilómetros de Santa Fe.

II

Sunchales me pertenece. Es mi lugar, mi infancia, el territorio de las primeras alegrías y las primeras lágrimas. Puedo estar en cualquier lugar del mundo -más de una vez lo he estado- pero siempre supe que mi lugar, ese lugar que constituye la patria chica, el terruño, se llama Sunchales. Hay una hora de la tarde y un chico que corretea en la esquina con otros chicos; el crepúsculo le otorga a la escena un tono ceniza. Esa esquina es la de mi casa, la esquina de la Escuela Nacional Nº 169, en la que yo viví con papá, mamá y mi hermana. El chalet está cercado por ligustros, cedros, limoneros y naranjos. No lo olvido. Como tampoco olvido esa noche de luna y estrellas que contemplé desde la ventana de mi dormitorio las sombras hospitalarias de los árboles, porque esa noche me interrogué por primera vez, con un libro de Víctor Hugo en la mano, acerca del misterio de vivir.

III

Me gusta recordar a través de imágenes. No tengo otra manera de recuperar a mi pueblo. Las calles de tierra regadas por el camión de la municipalidad, la línea de farolitos a la noche: diez de norte a sur; diez de este a oeste. Olores, ruidos, sabores, murmullos. La sirena de la fábrica de Rotania a mediodía, y los obreros saliendo en bicicleta; las chimeneas de SanCor, las máquinas cosechadoras de Allassia. Un pueblo próspero, donde se honra la cultura del trabajo. Los autos paseando por la avenida principal. "La vuelta al perro", los sábados y los domingos a la tarde. La plaza, la arboleda, los bancos y el cañón mudo y solemne. El palco, ocupado por las autoridades del pueblo los días de fecha patria, con los chicos de las escuelas desfilando con sus guardapolvos blancos. Hay esquinas, hay puertas, hay ventanales, hay vidrieras. El almacén de Manera, la tienda El Simpático, el bar de Panero donde papá iba todas las noches a tomarse un liso.

IV

Pueblo de piamonteses. Recuerdo algunos de los apellidos de los vecinos: Giuliani, Arbitelli, Miretti, Giletta, Maurino, Chiabasa, Cipolatti, Baradioitti, Moretto, Del Mastro, Manganelli, Ristorto…y puedo seguir con la lista. En los recuerdos hay una luz en el aire, un rumor en la calle, una tersura en el cielo. Las veredas anchas. Y esa costumbre de sacar los sillones a la nochecita. Todos nos saludábamos. Seguramente había penas, dolores, injusticias, pero yo en ese pueblo fui un chico feliz. Mi casa era la escuela, con sus parques, sus hamacas, su cancha de fútbol. Con ese hombre bueno, ese jardinero hacendoso, que se llamaba Pancho Baudín. Después las excursiones callejeras con sus diabluras: robar mandarinas, cazar pajaritos con la gomera, bañarse desnudo en algún arroyo. Pantalones cortos, gorra, a veces sin camisa, siempre con zapatillas y siempre las rodillas sucias.

V

Dos clubes históricos: Libertad y Unión. Rivalidades duras. Se era de un lado o del otro. Llegaba el verano. Y a fines de los años cincuenta, todos a la pileta de Libertad. Plena siesta. A esa edad ni el calor ni la digestión fastidian. Mis padres llegaban a la tarde con una cesta con sandwiches y gaseosas. Desde un parlante llegaban canciones de moda. A la noche, los bailes en la pista de basket al aire libre. Las mesas de mármol. Los chicos correteando; los hombres de riguroso traje y corbata. Los corsos de carnaval en la avenida principal. Las carrozas, las mascaritas, las serpentinas y los bombazos de agua.

VI

Después llegó la adolescencia: algunas novias de las que, como diría Lorca, "no puedo decir por hombre las cosas que ella me dijo". Algunos amigos con los que asistíamos a los bailes en Libertad o Unión. O a los célebres "asaltos" en casas de familia. Los primeros Winco, la voz de Palito Ortega, Leo Dan; y las primeras noticias de Los Iracundos y Los Gatos. Los años de la adolescencia transcurrieron en una moto. Qué peligro. No sé por qué la ocurrencia de que si uno va más rápido con la moto o con el auto de papá, las chicas se iban a enamorar en el acto. Los viernes y los sábados. Los bailes en los pueblos vecinos. Alguien le robaba el auto al padre para ir a Humberto, Ataliva, Tacural, Lehmann, a probar suerte con chicas de otros pueblos. Rafaela era cosa seria. Era como llegar a Buenos Aires o Nueva York. Recuerdo algunos nombres: El Ciervo, Totem. Y las expectativas adolescentes que despertaba ese lugar denominado "El bajo", un lugar cargado de vibraciones y pecado.

VII

En Sunchales la calle era como el patio de casa. Todo estaba cerca y todo era conocido. Si uno se enfermaba llegaba el doctor Plácido Tita, padrino de mi hermana; si te dolían las muelas había que verlo a Aldo Costamagna. Todas las noches papá me mandaba a buscar el diario, porque La Nación llegaba con el tren El Tucumano alrededor de las veinte. El kiosco era de Roberto Somadosi. El comisario se llamaba Martínez; el cura era viejo, conservador y algo chinchudo: Marcos Tacca, si no me falla la memoria. En mi memoria, el intendente de aquellos años era Aldo Trinchieri, el papá de Tucho, con el que compartí amistad y años escolares. La adolescencia incluía despuntar los primeros vicios: el cigarrillo, el billar, el naipe. Era el curso forzoso para recibirse de hombre. Los lugares de iniciación se llamaban Bar Avenida, Coliseo o la sede social del Club Unión en la esquina de la plaza.

VIII

Recuerdo la aspereza del sol en verano, las tardes lluviosas y el júbilo de vivir cada día como una aventura. Recuerdo amigos de entonces: Huguito y Raúl; Oscar y el Indio; Omar y Carlos. El asombro de vivir. De vivir la amistad, el amor. Las dudas y las incertidumbres acerca del futuro. Recuerdo dos salas de cine: el Central y el Avenida. No éramos muy exigentes con la programación. Alcanzaba y sobraba con un western, o una de Tarzán, o una de guerra. No faltábamos nunca. Sobre todo a los matiné del domingo a la siesta. Un solo malestar precedía la ida al cine: había que bañarse. Después de jugar al fútbol, a las bolitas o de corretear como salvajes por las calles, era necesaria el agua. Y en más de un caso era necesaria la imposición materna. Ropa nueva, limpia y peinado como un chico bueno. Como un nene de mamá.

IX

Hace muchos años que no regreso a mi pueblo. Tal vez no necesite hacerlo. Los recuerdos que atesoro no se van a enriquecer con una visita más, porque es muy probable que el Sunchales que conocí no exista, o por lo menos no exista como yo lo evoco. Alguna vez, hace más de veinte años, regresé de manera anónima. Solo. Me alojé en un hotel y salí a caminar. Todo parecía estar en su lugar, pero algo había cambiado. Los años no pasan en vano. Aún había abuelas y abuelos piamonteses sentados con sus sillones en la vereda; en el Club Libertad estaba la pileta y si bien no es la misma, los chicos que chapotean en el agua se parecen a los chicos que chapoteábamos en el agua hace "apenas" cincuenta años. Caminé como un fantasma, como un hombre invisible. En un bar del centro me tomé una cerveza; cené solo en un restaurant de la ruta. Nadie me reconoció y yo no conocí a nadie. Al otro día, a primera hora dejé el hotel. Paseé alrededor de la plaza. En aquel banco de madera, le dije a una chica de no más de quince años que la quería. No me dijo ni que sí ni que no, pero nos dimos un beso. Después no sé qué pasó, pero uno no se olvida del primer beso, como no se olvida del banco de la plaza, de la arboleda y de esa hora de la tarde. ¿Qué será de ella? ¿Qué será de algunos amigos con los que compartimos tantas horas? No hay respuestas que expliquen aquello que el viento se llevó. Hay silencio, hay misterio, hay memoria. Todo ello late en un lugar que se llama Sunchales. Es mi infancia, mi adolescencia. Mi eternidad.

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