Estanislao Giménez Corte
egimenez@ellitoral.com
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I
¿Será demasiado impropio, ridículo, injustificado, improbable, provocador, inútil decir que, en la cultura popular, y más precisamente en la música popular, y más precisamente en el rock y el pop de los últimos treinta años, una de las influencias decisivas de su constitución han sido los estimulantes, y más precisamente ciertas drogas, y más precisamente la cocaína?
¿Es por demás exagerado, alevoso, torpe, falaz, violento, proponer que los íconos de la cultura pop no le deben mucho sólo a los Dylan, a los Lennon, a los Bowie -o a los poetas de la generación beat, o a los Burrough, o a los Breton- sino a la noche, y más precisamente al reviente de la noche, y más precisamente a las infusiones y químicos de la noche?
II
Ya puedo imaginar, apenas pulsado el enter, no tu rostro, lector, pero sí un gesto posible: “qué cansancio, lo mismo otra vez”, gesticulás en esa imaginación, lector. Pienso que pensás, lector, algo así: “otra vez la pesada imaginería del artista flagelado; de nuevo la fotografía congelada del sujeto autosacrificado en pos de una iluminación; el interminable retorno de la abusada pátina del ser sensible que se anestesia porque de lo contrario el peso muerto del mundo lo aplasta”. Otra vez, otra vez, otra vez, suspirás con tus gestos en la imaginación que te impongo, lector. Hay en vos un poco de cansancio, algún arrebato o deseo de abollar esta página, o de maldecir el detenimiento en este texto. Y decís, en mi imaginación, lector, si mi juicio en algo se te aproxima, algo así: “otro que pretende escribir sobre el rasgo romántico del artista atormentado como condición necesaria del talento”. No, por favor, no es eso, lector, creo... Te pido unos instantes nomás: no cometas, por favor, el prejuicio que yo mismo ejecuto escribiéndote de esa forma.
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