La decisión de volar el puente Fitz Roy (3,5 metros de ancho y 100 de extensión) el 2 de junio de 1982 no fue un mero acto de los ingenieros argentinos, sino un golpe estratégico en el tablero de ajedrez de la Guerra de Malvinas. Más allá de los manuales y los cálculos, se trató de una decisión arriesgada, ejecutada por hombres bajo presión, con recursos limitados y la certeza de la amenaza constante. La Compañía de Ingenieros de Combate 601 no solo demolió un puente; interrumpió el avance británico, alteró su plan de batalla y, de manera indirecta, contribuyó a uno de los momentos más complejos del conflicto.


































