Luego de una noche fría donde las nubes lloraron de pena sobre los techos opacos, el sol despertó a los pájaros con su preámbulo de luz esta mañana de fines de primavera. Tengo poco ánimo para levantarme. Estoy acurrucada en la cama, tapada hasta las orejas, queriendo espantar cavilaciones espectrales, sin mucho éxito. Fue una semana dura, con la noticia inesperada de aquella muerte lastimándome los oídos y esas ganas turbias de llorar, con la incredulidad pegada a los ojos, buscando en las noticias algo que desmienta la partida. Sin embargo, su nombre aparecía en la pantalla del teléfono y una foto con el mate sobre la mesa y la sonrisa intacta. Aunque esquivo evocarla, su imagen se repite en mi mente en infinitas secuencias pasadas y deambula en mi interior suscitando emociones y añoranzas.




































