Violencia juvenil: qué factores la explican y cuál es el rol clave de los adultos
La violencia entre jóvenes no es un fenómeno nuevo, pero su exposición permanente en redes sociales la volvió más visible, más rápida y más difícil de frenar. Un especialista analizó por qué no se trata de una causa única, cómo influyen los contextos sociales y emocionales y por qué la prevención empieza, sobre todo, en el vínculo con adultos presentes y disponibles.
Violencia juvenil: qué factores la explican y cuál es el rol clave de los adultos
La circulación casi constante de imágenes de peleas, agresiones y conflictos protagonizados por jóvenes genera una sensación extendida de alarma social. Videos que se viralizan en segundos, discusiones que escalan sin filtros y escenas que antes quedaban puertas adentro hoy forman parte del consumo cotidiano en redes sociales.
Sin embargo, para comprender qué está pasando con la violencia juvenil, es necesario correrse de las explicaciones simplistas. Así lo planteó el psicólogo clínico y educacional Luciano Zocola (MN 1515), quien invitó a mirar el fenómeno desde su complejidad y a poner el foco en la prevención y el acompañamiento adulto.
Desde su perspectiva profesional, la pregunta inicial realizada por El Litoral no es menor: ¿hay realmente más violencia o lo que aumentó es su visibilización? La respuesta, sostuvó, obliga a repensar el impacto de las redes sociales en la vida cotidiana de los jóvenes y también de los adultos que observan, muchas veces con preocupación, estas escenas.
La violencia juvenil es un fenómeno complejo y multicausal.
Más visibilidad y menos filtros
Zocola consideró que hoy existe un aumento claro en la visibilidad de los hechos violentos, impulsado principalmente por la viralización de contenidos en redes sociales.
Muchas situaciones que antes pertenecían al ámbito privado ahora circulan sin filtros y aparecen incluso cuando no se las busca. Basta con desplazarse por una red social para que escenas de violencia se cuelen entre contenidos de entretenimiento o información.
Esta exposición permanente no es neutra. Según el psicólogo, la repetición de imágenes violentas puede llevar a una naturalización de esas conductas y, en algunos casos, convertirse en una referencia sobre cómo actuar frente a determinados conflictos, especialmente entre jóvenes.
La violencia entre jóvenes no es un fenómeno nuevo
En ese sentido, advirtió que la visibilidad no solo muestra lo que ocurre, sino que también puede promover la imitación o la incorporación de ciertos hábitos y respuestas agresivas.
Un fenómeno complejo y multicausal
Lejos de señalar una causa única, Zocola subrayó que la violencia juvenil es un fenómeno complejo y multicausal. No hay un factor que explique por sí solo estas conductas, ni una variable que tenga siempre más peso que otra. Todo depende de cada joven y del momento evolutivo en el que se encuentre.
En este entramado aparecen los llamados factores de riesgo, que aumentan la probabilidad de que un joven se involucre en situaciones violentas. Entre ellos se encuentran los contextos sociales de exclusión, la falta de consideración o reconocimiento y los vínculos familiares frágiles.
Estos factores externos o interpersonales se combinan con factores personales, como los recursos emocionales y cognitivos con los que cuenta cada chico para enfrentar adversidades y resolver las tareas propias de su etapa de desarrollo.
Pero el análisis no se detiene allí. También existen factores protectores que disminuyen la probabilidad de que aparezcan conductas violentas.
El equilibrio —o desequilibrio— entre factores de riesgo y factores de protección es lo que, en definitiva, influye en las conductas futuras. Por eso, insistió Zocola, entender la violencia juvenil exige mirar el conjunto y no reducir el problema a una sola dimensión.
Desigualdad, frustración y oportunidades
La desigualdad social, la frustración y la falta de oportunidades suelen aparecer rápidamente en el debate público cuando se habla de violencia juvenil. Para el psicólogo, estos elementos funcionan como factores de riesgo que pueden aumentar la probabilidad de conductas agresivas, pero no son determinantes.
Pueden condicionar trayectorias, generar malestar y potenciar conflictos, pero no definen que una persona vaya a ser violenta. Además, Zocola adviertió que estas situaciones no son exclusivas de sectores socioeconómicos vulnerables.
La violencia no tiene una condición social única: atraviesa a todas las clases y se manifiesta también en contextos donde hay otras formas de desigualdad, exclusión, frustración o falta de esperanza en los proyectos de vida.
Este punto resulta clave para desmontar estigmatizaciones. La violencia juvenil no es patrimonio de un grupo social específico, sino una problemática transversal que interpela a toda la sociedad.
Redes sociales
Aunque las redes sociales no crean la violencia, Zocola señaló que sí pueden amplificarla y acelerar conflictos que ya existen entre jóvenes. La dinámica propia de estos espacios —rápida, masiva y muchas veces anónima— hace que las tensiones se vuelvan públicas en cuestión de segundos y luego sean muy difíciles de frenar.
Una vez que un contenido se viraliza, se pierde el control sobre quién lo ve y quién interviene. Personas ajenas al conflicto original comienzan a opinar, tomar partido y complejizar la situación. A esto se suma la falta de intervención de adultos referentes que puedan contener o acompañar esos procesos, lo que reduce las posibilidades de reflexión y análisis.
El anonimato y la ausencia de consecuencias directas también facilitan expresiones violentas. Decir desde una pantalla lo que no se diría cara a cara aumenta la probabilidad de que el conflicto escale.
Otro aspecto central es el manejo emocional. El enojo, explicó Zocola, es una emoción que puede ser adaptativa y funcional cuando se expresa de manera adecuada. El problema surge cuando los jóvenes no cuentan con espacios para expresar lo que sienten o cuando la intensidad de ese enojo es tan grande que no encuentran palabras para ponerlo en juego.
En esos casos, el malestar deja de ser algo sobre lo que se puede reflexionar y se pasa al acto sin mediaciones. El cuerpo termina hablando de manera reactiva cuando no hay palabras ni adultos que escuchen, contengan y acompañen la gestión de esas emociones.
Para reducir la violencia juvenil, Zocola sotuvó que, lo más importante es la presencia de adultos disponibles. Adultos que ofrezcan tiempo, espacios e instituciones donde los jóvenes puedan expresar sus vivencias, tensiones, dudas, malestares e incluso proyectos de vida.
Aunque muchas veces se piensa que a medida que crecen necesitan menos acompañamiento, el psicólogo advirtió que sigue siendo fundamental la guía, la transmisión de valores y el sostén para aprender a convivir con otros. La violencia disminuye cuando los adultos están presentes, no solo imponiendo normas o sanciones, sino apostando a la prevención desde el vínculo.
“La violencia no baja con castigo, baja con prevención”, resumió Zocola, y en esa frase condensa una mirada que pone el acento no en la reacción tardía, sino en el acompañamiento sostenido como herramienta clave para construir relaciones más saludables entre los jóvenes.