La fatiga es, para muchas personas con enfermedades autoinmunes, el síntoma más difícil de sobrellevar. No siempre es visible, no siempre se refleja en análisis de laboratorio y, sin embargo, condiciona cada aspecto de la vida cotidiana.
Un informe científico advierte que casi todas las personas con enfermedades autoinmunes padecen fatiga intensa y persistente. No se trata de cansancio común: es un síntoma complejo, ligado a la inflamación, el cerebro y los trastornos del sueño, que afecta de manera profunda la calidad de vida.

La fatiga es, para muchas personas con enfermedades autoinmunes, el síntoma más difícil de sobrellevar. No siempre es visible, no siempre se refleja en análisis de laboratorio y, sin embargo, condiciona cada aspecto de la vida cotidiana.
Así lo confirma una exhaustiva revisión científica publicada en la revista Frontiers in Immunology, que analiza el vínculo entre fatiga, inflamación, sistema nervioso central y sueño en este tipo de patologías
Según el informe, la fatiga profunda y debilitante es el reclamo más frecuente entre personas con enfermedades autoinmunes como lupus, esclerosis múltiple, artritis reumatoidea, diabetes tipo 1, enfermedad celíaca y síndrome de fatiga crónica, entre muchas otras.
Lejos de ser un cansancio pasajero, se trata de episodios de agotamiento que interfieren incluso con tareas simples, como subir una escalera o cruzar una habitación.
La revisión científica señala que casi el 98% de las personas con enfermedades autoinmunes reportan sufrir fatiga. Más aún: más de dos tercios la describen como profunda, persistente y lo suficientemente severa como para impedir actividades cotidianas básicas.
Esta carga no solo impacta en el cuerpo, sino también en el estado de ánimo, la vida social, el desempeño laboral y el bienestar general
Uno de los principales problemas, advierten los autores, es que la fatiga es un fenómeno multifacético y de definición amplia. Puede variar en intensidad, duración y momento del día; puede afectar la concentración, la motivación, la memoria o la capacidad física; y puede estar influida por el sueño, el dolor, la ansiedad o la depresión.
Esta heterogeneidad dificulta comprender sus causas específicas en cada enfermedad autoinmune y, en consecuencia, desarrollar tratamientos eficaces y sostenidos.
El informe pone el foco en un aspecto central: la inflamación. Las enfermedades autoinmunes se caracterizan por una activación persistente del sistema inmunológico, con aumento de señales proinflamatorias tanto en la periferia del cuerpo como en el sistema nervioso central.
Esa inflamación, explican los investigadores, cumple un rol determinante en la aparición y mantenimiento de la fatiga
Citoquinas inflamatorias como la interleucina-1 beta, el factor de necrosis tumoral alfa, la interleucina-6 y el interferón gamma están especialmente implicadas. Estas moléculas, producidas por células del sistema inmune y también por células del cerebro, influyen sobre funciones clave como el estado de alerta, la motivación, el sueño, la cognición y el estado emocional.
Cuando su regulación se altera, como ocurre en las enfermedades autoinmunes, el equilibrio fisiológico se rompe y aparece la fatiga persistente.
La revisión destaca además el papel del sistema nervioso central. El cerebro no es un actor pasivo: puede verse afectado directa o indirectamente por la inflamación, generando lo que se conoce como “conductas de enfermedad”, un conjunto de respuestas que incluyen cansancio extremo, falta de motivación, alteraciones del sueño y dificultades cognitivas.
Otro aporte relevante del informe es la distinción entre distintos tipos de fatiga. No se trata solo de agotamiento físico.
En muchas enfermedades autoinmunes, como la esclerosis múltiple, se observa fatiga cognitiva, con dificultades para sostener la atención, procesar información o realizar tareas mentales prolongadas.
Estudios citados en la revisión muestran que estos síntomas se asocian a cambios en la actividad cerebral vinculados a procesos inflamatorios
La fatiga también se entrelaza con síntomas emocionales. Ansiedad, depresión y dolor crónico son frecuentes en personas con enfermedades autoinmunes y, a su vez, pueden potenciar la sensación de agotamiento.
El informe describe cómo la inflamación en el sistema nervioso central puede modificar conductas sociales, aumentar la ansiedad y favorecer síntomas depresivos, todos factores que agravan la experiencia de la fatiga.
El vínculo entre fatiga y trastornos del sueño ocupa un lugar destacado en la revisión. Las personas con enfermedades autoinmunes suelen reportar sueño no reparador, insomnio, fragmentación del descanso o mayor prevalencia de trastornos como apnea del sueño o síndrome de piernas inquietas.
Esta mala calidad del sueño se asocia a mayor inflamación y, en un círculo vicioso, a mayor fatiga durante el día
Además, los investigadores describen una relación bidireccional: no solo la enfermedad autoinmune altera el sueño, sino que la falta crónica de descanso puede aumentar el riesgo de desarrollar o agravar estas patologías.
También se observan variaciones en la fatiga según el momento del día, posiblemente relacionadas con alteraciones en los ritmos circadianos.
Pese a la magnitud del problema, el informe es claro: hoy no existen tratamientos eficaces y duraderos específicamente dirigidos a la fatiga en enfermedades autoinmunes.
Esto se debe, en gran parte, al conocimiento aún incompleto de los múltiples mecanismos que la generan. Si bien algunos tratamientos antiinflamatorios han mostrado reducir la fatiga en determinados contextos, los resultados no son uniformes.
La revisión concluye que comprender mejor la interacción entre inflamación, metabolismo, cerebro y sueño es clave para avanzar en nuevas estrategias terapéuticas. Reconocer la fatiga como un síntoma central —y no secundario— resulta fundamental para mejorar la calidad de vida de millones de personas que conviven con enfermedades autoinmunes.




