La última imagen de Andrés Yllana fue saliendo del predio 4 de Junio en la mañana del viernes luego de haberse despedido de los jugadores. Veinticuatro horas antes, quizás no imaginaba este desenlace. Fue abrupto, por más que parecía la “crónica de un final anunciado”. Más temprano que tarde se iba a producir. Nada lo favorecía a Yllana. Ni rascando profundamente la olla se podían encontrar argumentos sólidos para justificar su continuidad al frente de un plantel que no le respondía. Los resultados, principales sostenedores o detractores de la continuidad de los entrenadores, se habían tornado insostenibles para un técnico que llegó con el mejor de los antecedentes, pero que fracasó de una manera rotunda.
































