Respira profundo y quiere olvidarse rápidamente de aquellos tiempos en los que se fumaba dos atados de cigarrillo por día. “Desde el día que entré en Puíggari, hace dos años, no fumo más”, dice. Ahora su nueva lucha es contra la balanza. Llegó a pesar 108 kilos y ahora bajó a 92. Cumple su rutina diaria de actividad física y está obligado a anotar el peso cuando se despierta y cuando se acuesta. Le falta bajar unos 8 kilos y dice, confiado, que lo va a conseguir. Recorre las peñas y filiales y se cuida en las comidas. “No me queda otra, aunque me resulte tan tentador comerme un choripán, una hamburguesa o un buen asado”, señala. Y se le iluminan los ojos cuando habla de su infancia.




































