Ese cross en la mandíbula que suele ser la vida aparecía todos los días. A veces impactaba, tirando el rostro a la lona. La mejor guardia para evitar el golpe era salir con la cortadora de césped a hacer una changa en el barrio, o un laburito de pintura, lo que sea para parar la olla. Y después, sí o sí, al gimnasio a entrenar, y luego salir a correr varios kilómetros bajo la espesa oscuridad de la noche.



































