Amelia Higa hace un gesto como diciendo "espere", va y busca una pizarra con un fibrón al agua. "Escriba", señala con gesto lánguido: ha quedado sorda. Ahora se comunica así; pero también se hace entender de una forma humana que no necesita de palabras ni dichas ni escritas: sirviendo con una sonrisa su generoso café en las mesas de su bar, el Tokio Norte. Pero ella no está sola: la ayudan su sobrina y sus sobrinas nietas.

































