Pobres hombres, valientes y sacrificados. Ser un aguador en la Santa Fe de 1867 -circa- era un trabajo extremadamente arduo. A pie iban -los que contaban con un carro eran afortunados- llevando los tachos con agua a las viviendas de la ciudad, bajo el abrasador sol del verano o los fríos casi glaciales del invierno.



































