La ciudad de Santa Fe esconde una sanguinolenta mitología de carne, faena y sudor. Su núcleo está en el matadero público, donde escribían la historia los matarifes, los obreros reos con las medias reses encaramadas sobre sus hombros, las cuchillas y sus chairas que les devolvían el filo al acero, y los pobres que iban a garronear las vísceras para el puchero que duraría tres o cuatro días, quizás más.



































