Los años cuarenta fueron una década mítica del tango, crisol de músicos, poetas, orquestas y cantores, perseguidos por multitudes que tarareaban sus melodías que sonaban en la radio con sus orquestas en vivo. Allí brotaron versos eternos, aún vibrantes en tangueros y milongueros, impulsados por un romanticismo infeccioso y vital.



































