Cuando César Fernández Navarro llegó a Santa Fe no había cumplido los 30 años. Pero se quedó fascinado por "la imponderable belleza de estas costas". La ribera y su gente fueron, desde entonces, el eje central de su producción.
A partir de su viaje por Europa, realizado en 1966, el pintor fue entrevistado en El Litoral. Analizó una muestra dedicada a Picasso en París, el clima de incertidumbre del arte europeo y el lugar incipiente del arte argentino a nivel internacional.

Cuando César Fernández Navarro llegó a Santa Fe no había cumplido los 30 años. Pero se quedó fascinado por "la imponderable belleza de estas costas". La ribera y su gente fueron, desde entonces, el eje central de su producción.
Sin embargo, nunca dejó de viajar. Durante 1966, realizó una de sus giras por Europa. Cuyos resultados quedaron plasmados en una extensa entrevista publicada por El Litoral el viernes 20 de enero del año siguiente.
El pintor volvió "cargado de emociones y recuerdos", pero también de una lectura crítica sobre el presente artístico europeo. Y sobre el lugar marginal, aunque prometedor, que ocupaba entonces el arte argentino.
Francia, Inglaterra, Portugal y especialmente España fueron los países que recorrió con mayor detenimiento. Fue una experiencia prolongada, atenta a los paisajes, a los museos y, sobre todo, a las formas de vida.
En la entrevista con El Litoral, realizada por Jorge Taverna Irigoyen según se puede observar en la fotografía, el artista subrayó que su interés no se limitó a las grandes capitales, sino que se extendió a la idiosincrasia de los pueblos.
Ese recorrido tuvo, además, un componente biográfico. Después de 17 años de ausencia, regresó a su España natal y la encontró transformada.
"Dentro de una línea de crecimiento potencial realmente admirable", señaló, destacando el orden, la pujanza y el optimismo del pueblo, su "riguroso sentido del patriotismo" y su voluntad de construcción colectiva.
En el País Vasco, la experiencia fue doble, por el impacto de la geografía y la confirmación de su propio recorrido artístico. En Bilbao realizó una muestra con tal recepción que, según confesó en la charla con El Litoral, "quedó sin cuadros".
Consultado sobre la actualidad artística europea, el pintor dijo haber percibido una sensación de inseguridad expresiva, un clima de espera. "Pareciera que se vive un momento de suspenso sobre lo que se hará", afirmó, señalando una desorientación respecto del futuro.
El artista entendía esto como un momento de transición. En Europa, y también en la Argentina, advertía una tendencia creciente hacia una nueva figuración, un nuevo realismo.
Que, sin abandonar las raíces abstractas, buscaba devolverle al espectador una experiencia de resonancias metafísicas. Una pintura que volvía a mirar el mundo, pero desde la complejidad y la duda.
Entre los recuerdos más intensos del viaje, Fernández Navarro destacó su visita a la muestra homenaje a Pablo Picasso en el Grand Palais de París. En la entrevista la calificó como un ejemplo de “buen arte, de arte auténtico”.
Las pinturas, esculturas y cerámicas del andaluz lo sacudieron tanto en el plano sensitivo como en el intelectual. La posibilidad de ver esas obras de cerca le permitió comprender, según sus propias palabras, la razón profunda de la genialidad picassiana: una capacidad única para atravesar estilos y lenguajes sin perder identidad.
Desde el cubismo al expresionismo, desde la figuración al jeroglífico abstracto, Picasso aparecía ante los ojos de Fernández Navarro como un creador múltiple y, al mismo tiempo, coherente.
"Puede decirse hoy, sin equivocarse, que dos españoles: Goya y Picasso, son los padres de la más vigorosa expresión plástica contemporánea", afirmó, trazando una línea histórica que permitía vincular los distintos "ismos" del siglo XX.
El viaje también tuvo una dimensión institucional. Fernández Navarro visitó escuelas de bellas artes en San Carlos, Barcelona, Valencia y Madrid. En su calidad de director de la Escuela Provincial de Santa Fe, mantuvo además contacto con el director general de Bellas Artes de España, Graciano Nieto.
De esos intercambios surgió una mirada crítica. Si bien las instituciones europeas contaban con mayores recursos, sus planes de estudio le parecieron poco renovados. Paradójicamente, los institutos argentinos, con menos medios, lograban regímenes más coherentes y dinámicos.
Sin embargo, Navarro no desconocía el peso de la tradición europea. "El aire tradicional que se respira en Europa desde los mismos claustros en que los alumnos estudian", afirmaba, termina compensando muchas deficiencias escolásticas gracias a las "ingénitas condiciones" de los estudiantes.
Un pasaje interesante de la entrevista fue el referido al conocimiento del arte argentino en Europa, que para el pintor era superficial. El triunfo de Julio Le Parc en la Bienal de Venecia había sido una sorpresa incluso para los críticos europeos, que recién entonces comenzaron a prestarle atención.
Ese reconocimiento, sin embargo, marcó un punto de inflexión. Fernández Navarro pudo ver obras de Le Parc expuestas en la Tate Gallery de Londres, donde le causaron una fuerte impresión. Era una señal de que el arte argentino comenzaba a insertarse en el circuito internacional, aunque todavía de manera fragmentaria.
Como pasa en todo viaje, el regreso activó una urgencia creativa. Navarro quería, ante todo, volver a pintar. Ordenar ideas, decantar experiencias, transformar el viaje en obra.
Además, para marzo de 1968 debía cumplir con una muestra en Londres, en la Upper Grosvenor Gallery, y volver a cruzar el océano con sus trabajos y sus expectativas intactas.
Leída hoy, aquella entrevista publicada por El Litoral en enero de 1967 es más que una crónica de viaje. Es el registro de un momento de cambios del arte europeo, una reflexión sobre la circulación internacional del arte argentino y, sobre todo, una mirada lúcida desde Santa Fe hacia el mundo.




