Era madrugada en Santa Fe, todos dormían pero Lusail era una fiesta. La marea humana salía de la estación de subte y se dirigía directamente hacia el estadio o hacia esa calle céntrica que se convirtió en un ritual en la previa y el post partido. La "canasta de oro" relucía en una mañana cálida a pesar de que en Qatar ya era invierno. O casi invierno. Debutaba la selección, portando un invicto que nos invitaba a ilusionarnos. Pero… "tumbamos la chata" en el momento menos esperado. La imagen descolorida, sin fútbol, sin ideas, sin actitud del segundo tiempo, fue el corolario de este batacazo, de este golpe al corazón que nos dieron los árabes en el primer partido, mientras Argentina se desperezaba en ese martes qatarí de hace un año, que nos envolvió de dudas. Todo se resolvió en ocho minutos con dos buenas definiciones. Y luego metieron mucho, corrieron demasiado, pegaron bastante (contaron con la complacencia del árbitro) y se aprovecharon de una Argentina totalmente apática, con un Messi ausente, contrariado en el segundo tiempo, sin entrar en juego y sin hacerse cargo de la situación.

































