Veinte minutos iniciales brillantes, con toque, precisión, mucha presión, movilidad y fútbol, fue la imagen que irradió un equipo que no pierde la ambición ganadora que lo llevó a ser el mejor del mundo. La superioridad, frente a un duro rival, la recuperó en el segundo tiempo con el buen ingreso de Lo Celso. Messi volvió a ser lo que es: la estrella desequilibrante del equipo. Y De Paul también fue lo que es: el caudillo del sacrificio, que se agranda cuando se pone la camiseta de la selección y que también enseña el camino al resto.




































