"Teníamos un emprendimiento familiar propio en Paraná, pero la pandemia nos consumió. Así que un día decidimos cerrar, bajar las persianas, vender todo lo que teníamos y nos fuimos a vivir a Buzios. Como todo exilio, fue duro, lejos de los afectos, del cariño familiar, de los amigos. Pero con el sueño intacto de volver a empezar, de no bajar nunca los brazos", cuenta José con el "hilito" de voz que le queda luego de gritar a más no poder en el propio Maracaná junto a sus dos amores: su esposa Lorena y su hija Pilar.




































