El economista Martín Rapetti; que participó este viernes de una jornada organizada por la presidenta de la Cámara de Diputados de Santa Fe, Clara García, y el diputado provincial Mariano Cuvertino; dialogó mano a mano con El Litoral.
El economista participó de una jornada organizada por la presidenta de la Cámara de Diputados, Clara García, y el diputado Mariano Cuvertino, para analizar el desarrollo productivo nacional y de la provincia. “Que le vaya mal a Trump y bien a Lula no es positivo para la posibilidad de reelección de Milei”, dijo.

El economista Martín Rapetti; que participó este viernes de una jornada organizada por la presidenta de la Cámara de Diputados de Santa Fe, Clara García, y el diputado provincial Mariano Cuvertino; dialogó mano a mano con El Litoral.
-Varios economistas coinciden en que la economía argentina no tiene todos sus motores en marcha. ¿Cuál es tu diagnóstico?
Lo que se observa es que algunos sectores tienen una dinámica propia: energía, minería, pesca y agroindustria, aunque esta última depende del clima. En cambio, el resto de la economía, más vinculada al mercado interno —sobre todo construcción, comercio e industria— atraviesa una situación difícil: lleva tres años de fuerte caída respecto del inicio del gobierno. Ahí es donde se ve que el funcionamiento no es bueno. Creo que la idea de los “motores” apunta a qué factores de demanda podrían impulsar esos sectores. La política fiscal no puede hacerlo porque existe una meta de equilibrio presupuestario y, como la economía cae, también cae la recaudación, lo que dificulta revertir la situación. Los ingresos siguen en baja y no se recuperan; el empleo también cae, o se reemplaza empleo de calidad por empleo precario. Y el crédito, que fue importante en 2024 y a comienzos de 2025, hoy está muy deteriorado por el fuerte aumento de la mora.
- ¿Tiene futuro la economía argentina con solamente esos cuatro sectores (agro, minería, energía y finanzas) creciendo?
-No. Una economía puede sostenerse en el sector financiero si se trata de un país muy pequeño, pero Argentina, con casi 50 millones de habitantes, necesita una industria relevante y un sector sólido de servicios profesionales. Estoy muy entusiasmado con lo que ocurre en Vaca Muerta: no sólo por el potencial de sus recursos, sino porque con los años se fue formando allí un ecosistema empresario muy sólido. Se dice poco, pero para mí tiene un valor enorme que sea mayormente de capital nacional: conoce el país, tiene otro grado de compromiso y está haciendo un gran trabajo. La minería también tiene un gran potencial, aunque viene algo más rezagada, y puede cumplir un papel importante. Pero si Argentina no multiplica la capacidad productiva de la industria y de los servicios profesionales, no va a ser un país donde se viva mejor.
-Parafraseando a Eduardo Duhalde, dijiste que Argentina está condenada a tener una economía diversificada. ¿Qué querés decir con eso?
-Cuando alguien dice que quiere parecerse a tal o cual país, no hace falta ser un genio para advertir que los países con una población relativamente grande no viven de un solo sector. Por definición, tienen una economía diversificada: no se puede alimentar bien a una población numerosa, distribuida en un territorio amplio, con una sola actividad. Por supuesto, no creo que Argentina vaya a convertirse en una potencia manufacturera en el sentido de producir electrónica o textiles a gran escala. Pero eso no significa que no pueda tener industria textil, por ejemplo. No será su motor principal, pero Argentina cuenta con una cadena que va desde la producción de algodón hasta la confección y el diseño; ahí hay capacidades sobre las que se puede trabajar. Obviamente, no vamos a ser Bangladesh, porque se trata de otra estructura económica.
Creo que esa diversidad ya existe y puede ser una base para construir. El debate económico —no necesariamente entre economistas, sino en la política y en la industria— suele ser muy simplificado. Cuando uno habla de industria, muchas veces la lectura política inmediata es: “querés proteccionismo y una economía cerrada”. No es así. Una economía moderna y abierta también puede tener industria, sobre todo si aprovecha capacidades ya existentes. Para eso, claro, hacen falta otras condiciones; no se puede lograr con este nivel de tipo de cambio.
- ¿Te parece que el tipo de cambio actual está atrasado o lejos de su nivel de equilibrio?
-Creo que el tipo de cambio actual está por debajo de su nivel de equilibrio. De todos modos, ese equilibrio no se conoce con precisión: es una construcción teórica. Para explicarlo de manera sencilla, sería el tipo de cambio que permite que la economía funcione bien, con crecimiento del empleo y de la producción, y sin problemas de balance de pagos ni falta de dólares.
Hoy la economía no enfrenta una escasez de dólares, pero tampoco crece ni genera empleo. Eso indica que el tipo de cambio es bajo. No sé cuál sería exactamente el nivel de equilibrio, pero sí creo que está por encima del actual, y en una magnitud relevante.
No sé si corresponde al dólar de 1.800 pesos que mencionó el vocero. Ese valor se parece, por ejemplo, al que sugiere el índice Big Mac de The Economist, y tampoco difiere demasiado de algunas estimaciones de equilibrio que el Fondo Monetario Internacional incluyó en sus informes técnicos. Puede ser ese nivel; no lo sé. Pero claramente no es inferior a los 1.500 pesos actuales.
-El Gobierno sostiene que la minería, la energía y el agro pueden impulsar al resto de la economía y derramar sobre el mercado interno. ¿Creés que la economía argentina puede recuperarse sin una mejora del mercado interno?
-Imagino que en diez años Vaca Muerta empleará más gente que hoy, pero eso no alcanza para sostener que, junto con la minería, pueda generar un derrame suficiente para mejorar la vida en Argentina. De hecho, aunque la producción minera y energética crece a tasas de dos dígitos, el país no es sólo minería y energía. La prueba más concreta es que el empleo privado formal en minería, energía y agro cayó: Vaca Muerta no compensó la pérdida de puestos en los yacimientos convencionales. Tampoco veo probable que una provincia reciba un millón de personas para trabajar, como se planteó desde el Gobierno. Las transformaciones productivas no trasladan empleo de manera automática, y además tienen una dimensión territorial: no importa sólo pasar de una actividad a otra, sino dónde están esas actividades. El caso del Rust Belt en Estados Unidos muestra que, cuando desaparecen empleos industriales, muchas personas quedan en sus lugares de origen con trabajos de menor calidad, más desempleo y problemas sociales graves, como aumento de suicidios, abuso de sustancias y las llamadas “muertes por desesperanza”, como lo denominaron los economistas Anne Case y Angus Deaton. Es un fenómeno complejo y muy estudiado, y me preocupa que el discurso oficial no parezca registrar esa complejidad.
-Coincidís con quienes sostienen que el modelo económico transformará la estructura productiva argentina. ¿Creés que esa transformación también puede cambiar a la sociedad? Y, en ese sentido, ¿te parece válida la comparación con el modelo peruano, o pensás que Argentina conserva más anticuerpos, barreras o memoria histórica?
-Bueno, muchos de los trabajos que escribimos, varios con Pablo Gerchunoff, intentan justamente pensar la interacción entre economía y sociedad. Un rasgo que siempre destacamos de la Argentina es que tiene una sociedad muy vibrante, demandante, exigente e igualitaria. Esa característica estuvo siempre presente: el “naides es más que naides” de Juan Carlos Torre o el “¿a mí qué carajo me importa?” de Guillermo O’Donnell expresan bien esa tradición. ¿Desapareció? No lo sé; esos procesos llevan tiempo. Sí me parece que los jóvenes son distintos y que no es casual que un discurso como el de Milei, más centrado en que cada uno es dueño de su propio destino y no debe nada a los demás, haya prendido entre ellos. Pero creo que en la Argentina todavía persiste algún resabio de esa pulsión igualitaria.
-Las últimas encuestas publicadas en los diarios muestran que Milei perdió apoyo entre los jóvenes.
-Puede ser. Pero si una política económica parte de la idea de que la Argentina dejó atrás su pulsión igualitaria, yo no la basaría en ese supuesto. Me parece que son rasgos culturales muy arraigados —la sociedad, la cultura y los valores— y que tardan mucho tiempo en cambiar.
- ¿La morosidad puede convertirse en un problema macroeconómico?
-Es un problema macroeconómico porque no pasó en un segmento o en una provincia particular, sino que está en todo el país. Obviamente está más vinculado, es más fuerte en lo que son las Fintench y en jóvenes con empleos precarios. Pero el problema es que no son cuatro, son millones de personas. Los deudores en mora con Fintech son casi tres millones de personas y el 50% de esos créditos están en mora. Es un montón. Y tenés casi seis millones de personas que tienen un crédito en mora, no puede no ser un problema macroeconómico.
-Cada vez más economistas cuestionan el RIGI por dos motivos: consideran que otorga beneficios impositivos excesivos y que genera una desventaja para las empresas locales frente a las extranjeras, sin haber impulsado un proceso virtuoso de encadenamientos productivos. ¿Coincidís con ese diagnóstico? ¿Creés que habría que modificarlo?
-Creo que el RIGI cumplió un papel importante en algunas inversiones mineras y tuvo sentido como señal al inicio del gobierno de Milei. La política económica no se hace en abstracto, sino en contextos concretos: Milei asumió como un outsider, sin experiencia política, con debilidad parlamentaria y en un país que arrastraba años de problemas de reputación. En ese marco, era necesario dar una señal fuerte para atraer inversiones. Entiendo, entonces, la razón de ser del RIGI original. Ahora bien, el RIGI es política industrial y, en mi opinión, fue muy concesivo. Comprendo por qué lo fue, dada esa debilidad de origen, pero creo que podría haber exigido más contenido local en la cadena de proveedores de esas inversiones. Dar estabilidad tributaria es valioso; también puede ser razonable otorgar exenciones impositivas y garantizar la remisión de utilidades. Pero se podría haber pedido algo a cambio. Me parece una gran ironía que haya que construir ciudades alrededor de una mina y se las importe desde China, cuando existen capacidades locales para hacerlo.
-En una de sus pocas cadenas nacionales, el presidente presentó una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. ¿La consideras necesaria? ¿Estás de acuerdo con el proyecto? ¿Crees, como plantea el presidente, que puede resolver problemas estructurales de la economía argentina?
- -Con Diego Bossio venimos hablando hace tiempo de la necesidad de modificar la Carta Orgánica del Banco Central. Creo que el proyecto del Gobierno va en la dirección correcta, aunque le haría varios cambios. En particular, hay dos puntos fundamentales. El primero es el mandato: el actual me parece demasiado amplio e inabarcable, pero limitarlo sólo a la estabilidad de precios resulta excesivamente acotado. La estabilidad de precios también requiere estabilidad de los pagos externos. En una economía bimonetaria como la argentina, con fuertes fluctuaciones en la demanda de dinero, el Banco Central necesita acumular reservas y mirar el tipo de cambio; de lo contrario, puede quedar comprometida no sólo la estabilidad de precios, sino también la estabilidad financiera. Por eso, el mandato debería incluir la estabilidad del valor de la moneda, la financiera y la de los pagos externos.
- El segundo punto es la independencia del Banco Central. Si se quiere un Banco Central independiente, no alcanza con blindar la remoción del directorio, como propone el proyecto: también hay que impedir que el Poder Ejecutivo designe autoridades en comisión y las mantenga “a tiro de decreto”. Ese ha sido uno de los principales problemas de la debilidad política del directorio. No se trata sólo de que un presidente pueda removerlo, como ocurrió con Redrado durante el gobierno de Cristina Kirchner, sino de que pueda nombrarlo sin acuerdo del Senado y dejarlo en una situación precaria, como pasó con presidentes del Banco Central durante los gobiernos de Macri, Alberto Fernández y Milei. ¿De qué independencia hablamos si sus autoridades quedan sujetas a un decreto, como cualquier otro funcionario del Gobierno?
Justamente para que no dependa del Poder Ejecutivo, la designación debe pasar necesariamente por el Senado. Por eso hay que encontrar una forma de evitar que el Ejecutivo eluda ese control institucional.
A mi juicio, una alternativa sería permitir una designación en comisión sólo por un plazo prudencial —seis meses o un año— mientras se busca la aprobación del Senado. Si vencido ese plazo no hay acuerdo, debería intervenir el Senado para resolver la designación.
- ¿No habría que vincular el mandato del Banco Central con la economía real, el empleo y la actividad?
-Los bancos centrales tienen ese mandato, y es razonable, porque sus decisiones afectan directamente a la economía real. De hecho, la Reserva Federal de Estados Unidos tiene dos objetivos simultáneos: estabilidad de precios y máximo nivel de empleo.
Ahora bien, el problema es que no se hace economía en abstracto, sino en la Argentina, que tiene una historia inflacionaria muy fuerte, vinculada precisamente a un Banco Central dependiente que financió al Tesoro. Por eso, aunque uno podría querer una autoridad monetaria que también mire la economía real, creo que, dadas las circunstancias, por ahora está obligada a concentrarse sobre todo en la estabilidad de precios y la estabilidad financiera.
-En noviembre hay elecciones en Estados Unidos y también en Brasil. Si a Trump no le va bien y Lula es reelecto, ¿creés que ese escenario podría afectar al gobierno de Milei?
-Así como la pulsión igualitaria no desaparece de un día para el otro, tampoco desaparece la relación de los argentinos con el dólar. Pensar que ya cambió y que ahora la sociedad apuesta plenamente al peso me parece una fantasía. Creo que el año que viene habrá una presión dolarizadora que hará más exigente el funcionamiento del mercado cambiario.
En definitiva, habrá incertidumbre política y esa presión dolarizadora seguirá presente. No digo que vaya a haber una crisis cambiaria —eso nunca puede descartarse en la Argentina durante un año electoral—, pero no es el escenario que veo hoy. Sí creo que el mercado estará más tensionado. Todo lo que reduzca las chances de reelección de Milei aumentará la incertidumbre política; por eso, que a Trump le vaya mal y a Lula le vaya bien no sería positivo para el Gobierno.
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