“El voluntariado existe desde que se crea el Estado nacional y comienzan a formarse instituciones. Tiene un origen muy asociado a la asistencia social, la beneficencia, la caridad. Pero en esencia, es el deseo de las personas de hacer cosas con otros, de colaborar en actividades colectivas con personas y situaciones que a lo mejor implican padecimientos, aunque no necesariamente. Tiene que ver también con construir una vida mejor con otros”. Esta suerte de definición permite, al menos, acercarse al significado de un concepto amplio, como amplio -aunque no infinito- es el campo de acción de quienes se suman a una experiencia de estas características.
La frase inicial pertenece a Félix Bombarolo, arquitecto, sociólogo y consultor del Banco Interamericano de Desarrollo, la Unión Europea y una extensa lista de organismos internacionales. Experto en programas sociales, forma parte del grupo latinoamericano Nauyaka, de la Organización Poleas y fue, además, el encargado de abrir la instancia de capacitación en el marco del programa “Sumando Voluntades” que puso en marcha el Ministerio de Desarrollo Social santafesino, en conjunto con la Dirección Provincial de Políticas de Juventud.
“El sentido y la historia del voluntariado en Argentina”, fue el tema de la disertación que ofreció el viernes en esta ciudad y el sábado en Rosario. Algunas horas antes dialogó con El Litoral.
— ¿Cómo se capacita a los voluntarios?
— Se capacita según en qué, porque hay tareas que se asignan al voluntariado que son complejas y no cualquiera puede hacerlas. Entonces, hay actividades que son más lúdicas, en las que se requieren menos preparación y otras en las que sí. También hay una creencia de que por ser voluntario se puede hacer cualquier cosa y no es así; hay que ver cómo se canaliza ese deseo de ser parte de algo en personas que a lo mejor no están preparadas. No es una capacitación abstracta, sino relacionada con aquello que el señor o la señora va a realizar como tarea voluntaria.
Participar con libertad
— ¿En qué momentos se produce un mayor interés por la actividad voluntaria? ¿En etapas de crisis?
— No necesariamente. Hay un tipo de voluntariado que da una mano a quien padece -como en las inundaciones que ustedes padecieron-, donde las personas ponen en práctica ese afán de colaborar con otros. Pero creo que hay un voluntariado que tiene que ver más con la apertura de procesos democráticos, de lugares donde la gente siente que puede participar colectivamente en una actividad, que tiene la libertad de hacerlo, y es promovida desde la institución pública. Se puede decir que, a lo largo de la historia, hay primaveras democráticas, donde se produce una explosión de actividades voluntarias, y períodos más sombríos donde la gente se mete dentro de su casa y le interesa mucho menos.
— ¿Esto último tiene que ver con una actitud individualista?
— Tiene que ver con dos cosas: por un lado, la promoción institucional de una cultura, de una manera de entender el mundo donde uno se salva a sí mismo y donde poco importa el hacer con los otros. Y de eso tenemos mucha historia, o bien por dictaduras militares o por estados orientados por medidas más individualistas que le otorgan un menor peso a la actividad social. Los humanos tenemos un espíritu gregario, de estar juntos pero -a la vez- construimos sociedades donde no siempre eso es valorado o promovido por nosotros mismos. Siempre hay un impulso a hacer cosas con los otros, pero hay momentos en los que ese impulso es apoyado o abierto, y otros en que se lo guarda.
Articular, sin reemplazar
— ¿Cuál es el límite de esta actividad? ¿Que no termine reemplazando las políticas oficiales?
— Son dos cosas distintas. Que el Estado pueda atender las necesidades sociales es una cosa y que las personas hagan actividades voluntarias es otra; ambas pueden estar articuladas y está muy bien o pueden no estar articuladas y también está muy bien. No diría que hay una actividad voluntaria que deba fortalecerse para suplantar o para ayudarle al Estado a hacer su tarea. Son cosas que deberían correr por caminos separados.
— En la Argentina, ¿es un momento propicio para actividades de voluntariado?
— Hay, al menos, un discurso muy aperturista, de participación, de trabajo de las organizaciones sociales, sobre todo a nivel de provincias y municipios. No sé si es tanto a nivel nacional. A nivel local veo que es un momento donde está bien visto hacer eso, no es pecado ni está sospechado. De hecho, es un momento de mucha manifestación pública de todo y está muy bien. Luego viene otro momento, que es hasta dónde la institución pública puede tomarse de eso y apoyarlo más. Pero con dejarlo fluir está muy bien. Lo otro es un segundo paso, algo más difícil porque las estructuras estatales son más complejas. No siempre es posible hacer todo lo que la gente desea, la plata nunca alcanza mucho, etc, etc. Pero noto que hay una apertura institucionalizada.
— ¿Hay alguna experiencia en América Latina que sea digna de ser replicada en el país?
— De lo que conozco, la experiencia brasileña. Los brasileños tienen una movida participacionista vinculada con el voluntariado. Y desde Lula para acá le han dado mucha importancia y han trabajado muy bien. Además, son un pueblo muy extrovertido y les resulta muy natural ir para afuera.


































