La imagen apareció en una pantalla por primera vez. Una frutilla roja, brillante, casi perfecta. La nena la miró con atención y preguntó, con total ingenuidad: "Seño, ¿eso se come?". Gloria Cisneros sonrió. Al lunes siguiente, llegó a la escuela con frutillas de verdad para que ella y sus compañeritos las conocieran con todos los sentidos. En esa escena mínima -la foto en una computadora, una fruta desconocida y una maestra dedicada- está condensada su forma de enseñar: abrir ventanas al mundo allí donde ellos conocen solo de monte, de distancias y silencios.

































