El próximo jueves 8 de mayo a las 21, el escenario del Teatro Luz y Fuerza (Junín 2957) recibirá a Juan Pablo Geretto con su multipremiado unipersonal “Maestra Normal”, una propuesta que promete despertar risas y memorias en partes iguales.
El actor nacido en Gálvez traerá su multipremiado unipersonal, en el que recupera recuerdos de infancia para reconstruir un acto escolar protagonizado por una peculiar docente, que apela a la nostalgia y a la crítica del sistema educativo. En diálogo con El Litoral, el artista repasó la evolución de esta obra a lo largo de 15 años, y las oportunidades que fueron marcando su carrera.

El próximo jueves 8 de mayo a las 21, el escenario del Teatro Luz y Fuerza (Junín 2957) recibirá a Juan Pablo Geretto con su multipremiado unipersonal “Maestra Normal”, una propuesta que promete despertar risas y memorias en partes iguales.
La obra transcurre en un espacio que, para muchos, marca la infancia con una mezcla de nostalgia y humor: el acto escolar de una escuela pública. Allí, una docente se convierte en la anfitriona de un evento que, mientras avanza, va desatando un torrente de recuerdos compartidos sobre la vida escolar, los compañeros de banco y aquellos maestros que nos guiaron en los primeros pasos.
El espectáculo ha sido reconocido en distintos escenarios del país y del exterior, obteniendo distinciones como el Martín Fierro al actor Revelación, el Premio Konex a la Labor Unipersonal de la Década, y el Estrella de Mar en las categorías de Mejor Actor, Autor y Espectáculo Unipersonal, además de la Mención José María Vilches por su aporte al teatro argentino.
Las entradas ya están disponibles a través de Ticketway. En la previa, El Litoral conversó con el actor nacido en Gálvez, para adentrarse en la química de una obra con pasta de clásico.
-“Maestra Normal” lleva muchos años emocionando y haciendo reír. ¿Cómo nació la idea de hacer este personaje tan entrañable, con tantas aristas?
-Este espectáculo no me acuerdo si lo estrenamos en 2009, 2010; ya hace más de 15 años que hago el espectáculo en este formato de unipersonal; pero la maestra viene de otro espectáculo que hice durante 11 años. Así que tiene muchísimos años el personaje en mí, más que el espectáculo.
Se gestó por una necesidad: estaba en un grupo de teatro de transformistas, donde teníamos las fechas patrias siempre como obligación amorosa de festejar; y tenemos tan pegados los actos escolares a los festejos patrios que se necesita una maestra para contarlos. Me tocó en suerte a mí: es un personaje que siempre me atrajo, y pude seguir investigándolo, básicamente con mi propio recuerdo del colegio.
-Rebuscando en tus propias en tus propias maestras.
-En mi propia experiencia, claro, Primero fue lo obvio, las maestras; y después uno va entendiendo que maestras, alumnos y todas las personas que pasamos por la primaria obligatoria, como es en este país, mucha gente pasó por ahí. Y no pasás indiferentemente a un sistema. Lo obvio es pensar en las maestras o en los alumnos, pero entrás a un sistema, el sistema educativo, y eso las personas que integramos ese sistema lo vivimos de manera diferente.
Con el tiempo, y con la maduración en mí y en el texto, se fue creando en el espectáculo el discurso del sistema educativo. Y por eso se logra también que el espectáculo tenga doble identificación; porque no se culpa a nadie, no estamos de un lado o del otro: estamos en cómo habitamos este sistema y si nos hace bien o no, si nos sirve o no.
-A la hora de la creación del personaje, ¿cómo se trascienden las obviedades o cierta macchietta que uno puede imaginar de una maestra genérica?
-Poniéndola en relación del sistema, también transcurrieron 30 años, uno no es igual a cuando entra. Pero eso se entiende más que nada con la maduración de uno: entendés a tus padres porque creciste. O decís: “Puta, yo estaba enojado con la maestra; en realidad estoy enojado con el sistema en el que ella y yo fuimos víctimas, tal vez”.
Mi propia experiencia en la escuela no fue agradable; y básicamente fue eso lo que me puse a pensar, a investigar, lo que surgió como emergente de mi experiencia.
-En esa evolución y ese cambio que se dio con los años, ¿sentís que el público fue cambiando su forma de recibir la obra? ¿Sigue tocando las mismas fibras?
-Yo ofrezco ese mismo texto, ese texto que se fue afinando en los primeros años. Lo que cambia es lo cultural, lo económico, toda la situación que hace que el texto se relea de otra manera.
No es lo mismo lo cultural en relación a la mujer, o en relación a los vínculos, a la forma de dirigirnos a los otros. En estos últimos 15 años cambió muchísimo ese tipo de discursos (no sé cuán internalizados están); pero es verdad que por lo menos es un personaje como el sistema: que tiene contradicciones, que abraza a algunos y que rechaza a otros. Con mucha argentinidad (risas): es xenófobo, es homófobo, es tierno, es cándido; tiene muchas aristas.
Esto se va recibiendo diferente a medida que va evolucionando nuestra cultura: con la cultura woke, con los derechos adquiridos, con los derechos en juego una vez que se obtienen. Eso va cambiando mucho, y básicamente va cambiando el texto también; no en sí mismo, pero sí cómo uno lo recibe a ese texto, a qué significa ahora, con toda esta información en la cabeza: muchas cosas que se recibían con mucha jocosidad, ahora ya se reciben con otra culpa de reírse de lo mismo.
Va cambiando el texto porque va cambiando la cultura, o lo económico o el contexto político: eso ayuda a que el texto se interprete de otras maneras, sin necesidad de tener que andar tocando nada. Porque el sistema educativo sigue siendo el mismo; entonces es un sistema educativo que cada se pone más viejo, en una cultura que cada vez se acerca más... qué cambia, vamos a decir.
-Esta obra tuvo una circulación por streaming en Teatrix. ¿Qué perdura o se mantiene de una experiencia tan teatral en ese formato audiovisual, y qué se pierde en el camino?
-Lo que se pierde es el vivo: es el teatro, básicamente. Lo que sucede ahí, lo que cambio ese día y luego no; la energía que circula en ese momento. No es una cuestión esotérica solamente: hay gente ahí, que viene con determinada energía. No es lo mismo hacer la función el 11 de septiembre, el día que cayeron las torres, o el día que ganamos la Copa del Mundo, no está con la misma energía la gente si murió el Papa. Y eso en el teatro, por lo menos yo arriba del escenario, lo tengo en cuenta, lo vivencio: te lo hacen sentir, yo también estoy con esa con esa carga tal vez.
Lo que está en Teatrix es lo que fue ese día: no hay mucho más; para los que quieren verla o quieren recordar algo. La mayor parte de la gente que calculo yo que la ve es gente que ya la vio; o que alguien le comentó y pispea. En un momento me pregunté si eso no alejaría a la gente del teatro, una vez que ya lo han visto y me parece que es todo lo contrario: la gente se acerca a ver la obra en vivo, si ya la vio por Teatrix (y de hecho en Teatrix fue una de las obras más vistas durante mucho tiempo, unos años, y el espectáculo sigue dando vueltas).
-Es como escuchar el disco y después querer ir a ver al músico en vivo.
Exacto, y de hecho hay mucha gente que lo vive así al espectáculo. Imagínate que es un espectáculo que tiene 15 años, los pibes que me vieron con 20 ya tienen por ahí hijos de 15 y los traen: me sucedió. O que ese momento tenían hijos chicos y les comparten ahora algo que les gustó.
Capaz que se decepcionen (risas): viste que en el imaginario de la gente hay algo que vive hace muchos años. El espectáculo todas las veces que sucede lo hago yo; pero uno cuando lo ve está en un momento determinado, si le gustó capaz que unos años después le gusta más o menos. Lo que pasa es que el teatro está tan vivo en ese sentido... creo que el teatro no muere o no decae ante las nuevas propuestas tecnológicas que hay, porque tiene esa cuestión del uno a uno, de estar con el otro, de compartirnos en un espacio creado para eso: para crear una realidad diferente y que todos estemos juntos riéndonos de lo mismo, angustiándonos de lo mismo, hablando de una realidad en común.
-Empezaste en Gálvez de muy chico, recorriste un largo camino. ¿Qué queda en vos de aquel chico que se empezó a subir al escenario?
-Básicamente la profesión, porque cuando me sucedió de chico que entré a un grupo de teatro (a los ocho, nueve años), y empecé a explorar este camino, no estaba en mis planes que esto fuera mi profesión. De hecho, creo que nunca estuvo en mis planes tampoco actuar: simplemente sucedió, porque fue la alternativa del aburrimiento, porque no jugaba al fútbol.
Mi pueblo, Gálvez, por suerte tenía dos o tres grupos de teatro en ese momento, y pude integrar uno: fueron a la escuela a buscar gente para una obra; se ve que yo estaba disponible; no me acuerdo la verdad, pero se ve que entre todos los que no hacíamos lo que proponía el sistema, los que caíamos del sistema, hacíamos teatro, música o alguna actividad que no te proponía el colegio (bueno, música te proponía). Encontrar un grupo de pertenencia finalmente me terminó dando una profesión.
Creo que eso es lo que queda básicamente de la infancia; y también una forma de pensar: cuando escribo las obras, o cuando las pienso, cuando pienso cualquier cosa, lo hago con ese pensamiento: con la estructura de haber nacido y haberme criado en un pueblo. Me parece que eso no cambia nunca; de hecho me pasa algo bastante extraño y gracioso para mí: cuando estoy fuera del país (que hay años que estoy mucho tiempo fuera) en vez de decir Argentina digo Gálvez. Es rarísimo lo que me pasa, es mi patria: tengo 51 años, desde los 17 que no vivo ahí, y tampoco vuelvo tan seguido. Pero mi imaginario está ahí: mi fuente de recursos imaginativos y creativos está ahí.
-Con “Solo como una perra” también habías hecho más de 900 funciones, fue un espectáculo que tuvo mucho mucha andadura. ¿Qué recordás de ese espectáculo y cómo te marcó para lo que vino después?
-Fue bastante inesperado ese espectáculo para mí, como esa vez que me integré al grupo de teatro a los ocho, nueve años; esa vez también fue así: faltaba el grupo que iba a hacer el sábado en ese lugar, donde yo iba a trabajar con otro grupo; y me dijeron: “¿No nos podés cubrir, que estos nos dejaron colgados? Vení vos solo”. “Bueno, voy solo”. Así uní partes y formé un espectáculo. Así de inesperado, así de rápido, y fue un espectáculo que después hice 11 años.
Todo fue así, más determinado por la gente que por mi propia voluntad. A veces cuando me dicen: “Los actores, que tanto la han remado desde el off”, lamento decir que esa no es mi historia (risas); por ahí es la historia de la mayoría, la historia de muchos; yo la remé en otros aspectos de mi vida, y la sigo remando. Pero en ese, justamente, las cosas se fueron dando, no sé cómo. Si tengo que analizarlo, creo que es porque arriba del escenario nunca me guardo nada: lo que tengo, lo doy ahí.
Tal vez es ese el secreto de que la gente me sigue eligiendo con el tiempo; pero tampoco podría afirmarlo, porque no lo sé. Cuando hicimos el Monumento a la Bandera (una función gratuita organizada por el gobierno de la provincia en 2011, en homenaje al Día del Trabajador) tampoco, no fueron cosas buscadas. No es que yo sueñe con alguna cosa en el teatro nunca.
-Ese salto al unipersonal también fue dado.
-Fue una propuesta ajena. Aparte no es tan raro que, en los lugares que no son Capital Federal, los actores tengamos algo preparado, un unipersonal para hacer en un rincón, en cualquier lado. Es más fácil que los actores vivamos la actuación así: tener algo para ir a defenderse un fin de semana, en un rincón de un bar.
No sé si sucede tanto en Buenos Aires, donde existen las compañías; en Buenos Aires podés transitar toda tu vida trabajando de actor sin ser un actor conocido popularmente; tal vez sos conocido para el medio, tal vez sos conocido para un grupo determinado. Eso no puede pasar ni en Santa Fe ni en Rosario: no hay actores de compañía o, si los hay, dura poco.
-Participaste en televisión, desde programas en vivo como “VideoMatch” hasta series como “Edha”, ¿Cómo han sido esas experiencias, siendo un actor tan de teatro? ¿Y cómo es, siendo tan del unipersonal, sumarse a una ficción?
-Siempre me siento un poco outsider fuera del teatro: como ir a hacer algo que uno sabe hacer, pero teniendo que hablar en inglés para hacerlo. Es otro lenguaje donde realmente voy a voy a aprender; donde tengo un camino ganado, que es el de la actuación, pero la forma es muy distinta: se manejan otros tiempos, otras verdades, otras repeticiones, otras maneras de hacerlo. Siempre fui a curiosear a esos lugares, “ah, mirá esto”, como un espectador.
Tengo un amor profundo por la tele, por el cine también. Fue ese amor que tengo hacia esto lo que me acercó. Pero no me he desarrollado tanto, más que las veces que me llamaron, y siempre me siento como uno que está entrando a ver el truco del mago.
-Mirando hacia adelante, ¿tenés algún proyecto en vista o algo que te gustaría hacer, más allá de que esta Maestra sigue viva y te sigue acompañando?
-Sí, tengo un proyecto para octubre; te lo cuento porque ya estamos ensáyandolo. Se llama “Las cosas maravillosas”: es un unipersonal inglés que se está haciendo aquí en calle Corrientes hace dos años, y el narrador va cambiando cada tres meses. Ese proyecto es hermoso, es una obra espectacular: que eso sí me da muchas ganas de hacerlo: es hermoso lo que sucede, muy extraño como unipersonal.
Por ahora eso, y después ya veremos: hay otros proyectos que están ahí, como todos los proyectos de teatro y de tele de toda la vida: sabés medio la semana antes si lo vas a hacer o no (risas); así que ese “al Pepe” comentarlo, porque no hay mucho asidero. Siempre estoy en tres, cuatro cosas, y si sale una hay que alegrarse muchísimo. Y cuando no, siempre me gusta salir con el unipersonal a dar vueltas: le tengo mucho cariño.




